Es de suponer que esos señores, que tan amablemente se encargan de tomar nuestras decisiones sobre lo que nos conviene y lo que no, algo habrán dispuesto con respecto al futuro de todas las expresiones asociadas al mundo del toreo -que son tan habituales en nuestra conversación cotidiana- cuando consigan acabar definitivamente con las corridas. Según Muñoz Machado, presidente de la Academia, disfrutamos de, ni más ni menos, doscientas sesenta acepciones que llevan la marca tauromaquia. Si estamos condenados a ver desaparecer las largas tardes de sol y sombra: ¿cómo podrán entenderse, a toro pasado, expresiones tan usuales como «echar un capote» o «ver los toros desde la barrera»?
Aunque esto sea España («¡Qué país, Miquelarena!»), supuesta patria de un arte que sin duda está de capa caída y a punto de que le den la puntilla, nuestros sabios gobernantes, que siempre están en todo, habrán pensado en la contingencia de la pérdida de sentido de tantas locuciones clásicas del español. Ya se sabe que lo suyo es coger al toro por los cuernos y no parar hasta haber llevado a cabo el acoso y derribo, aunque eso signifique ponerse el mundo por montera. Es sabido que una vez que a nuestros políticos se les mete algo en la mollera no paran hasta darle en toda la cruz y pinchar en hueso. Así, para conseguir imponer un pequeño artículo, desarrollan toda una ley y, para hacer pasar un decreto, organizan un convoy completo de normativas mejores y peores, mezclando churras con merinas y bravos con mansos. ¡Vamos, que no hay quinto malo!
Pero, bueno, al trapo, que nos va a pillar el toro: vamos al bulto. Probablemente toda esta ofensiva contra el toreo no persiga otro objetivo que hacer perder el sentido a la afortunada expresión «vergüenza torera». El Instituto Belmonte (que maravilla, por cierto, la biografía del maestro Belmonte de Chaves Nogales) define el concepto como «Ese sentido de la responsabilidad que impone la obligación de cumplir con el propio deber». Sentido, responsabilidad, obligación, cumplimiento y deber: ¡menudo conjunto de palabras completamente ajenas a nuestra realidad política actual! Debemos la afortunada locución «vergüenza torera» a Mazzantini, un torero vasco de principios del siglo XX que se cortó la coleta y colgó la montera, cambiándola por una cartera de gobernador civil (¡todo un cambio de tercio!). Sus declaraciones -«En el toro hay que tener vergüenza torera, y antes de perderla y defraudar a los que confían en uno, es preferible tomar otro camino»- son toda una lección de aplicación tanto al arte del toreo como al de la cosa pública.
No puede saberse si el toreo persistirá agazapado en su condición jurídica de bien de interés cultural, pero sí debemos impedir que junto a él pegue también la «espantá» el claro concepto de vergüenza torera; porqué ahora es más necesario que nunca. Y es la afición, «los que confían en uno» que decía Mazzantini, la que debe velar porque el oficio de la política conserve unos mínimos de seriedad y dignidad. Habrá que estar al quite. ¡Va por ustedes!