Desde aquella órbita de la ISS desciendo a la cima del Monte Toro para mirar con cierta perspectiva la agresión rusa a Ucrania, que acaba de iniciar su quinto año de devastación. Lo que está en juego no es solo Kiev: es el tipo de «defensa» que necesitan Europa, la UE y sus aliados europeos en la OTAN frente a un vecino que no oculta su voluntad de revisar fronteras por la fuerza.
Múnich 2026: dependencia de EE.UU. En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich (13-15 de febrero de 2026, con más de 60 países, entre ellos Alemania, Francia, España y Ucrania), dominó una idea incómoda: Europa no se defiende sola sin Washington. Muchos líderes y analistas insistieron en que dependemos de la inteligencia, la aviación estratégica y, sobre todo, del paraguas nuclear estadounidense.
Modelo americano vs. modelo europeo. Un análisis reciente en la prensa internacional propone romper este molde: Europa no necesita igualar el poder militar global de Estados Unidos o China, sino «ser mejor que Rusia». Rusia tiene unos 144 millones de habitantes y 1,1 millones de soldados en activo; Europa, alrededor de 450 millones de habitantes y 1,5 millones de soldados. El desafío no es de pura fuerza bruta, sino de organización y de modelo. Para defenderse de un vecino agresor, Europa puede priorizar trincheras, minas, drones y artillería, reforzar la defensa del territorio y de las infraestructuras críticas, sin aspirar a convertirse en una potencia expedicionaria capaz de proyectar fuerza en cualquier punto del planeta.
El arsenal nuclear francés. Solo Francia dispone de armas nucleares dentro de la UE, con unas 290 ojivas (la mayoría operativas), lo que la sitúa como cuarta potencia nuclear del mundo. Su fuerza oceánica descansa en cuatro submarinos de la clase Triomphant, cada uno equipado con misiles balísticos M51 de más de 9.000 kilómetros de alcance, modernizados en la versión M51.3. Este arsenal constituye un pilar esencial de la disuasión europea, pero es limitado para cubrir todo el continente sin un esfuerzo complementario de defensa convencional y sin una reflexión política compartida sobre cómo y para qué se usaría.
La guerra como cultura. El historiador militar John Keegan recordaba que la guerra no es solo «la continuación de la política por otros medios», como quería Clausewitz, sino también una expresión de la cultura: una forma de organización, de valores y de símbolos que puede desbordar la racionalidad política. Antes de 1914, Europa se había convertido en una sociedad militarizada, llena de regimientos que eran auténticas «escuelas de la nación», y esa cultura de la guerra facilitó que una crisis limitada derivara en una catástrofe sin propósito político claro. Hoy, cuando hablamos de reforzar la defensa europea, conviene no olvidar esa lección: aumentar capacidades militares no debe significar reconstruir una cultura que haga de la guerra un fin en sí misma o un elemento de identidad.
Otredad y ley de la venganza. Ryszard Kapuscinski, en sus «Viajes con Heródoto», describe al viejo historiador griego como el primer gran reportero de la otredad: alguien que descubre que existen muchos mundos, cada uno con su propia lógica, y que esa diversidad es un espejo en el que vemos nuestras virtudes y nuestros prejuicios. Heródoto formulaba lo que llamaba una primera ley de la historia: la ley del desquite, del ojo por ojo, esa obligación casi sagrada de vengar una ofensa que alimenta ciclos interminables de violencia. Europa, si quiere diferenciarse de la Rusia de hoy, no puede permitir que su nueva política de seguridad se rija solo por esa lógica del desquite, ni dentro del continente ni en su relación con el resto del mundo. Defenderse no es lo mismo que vengarse.
Lecciones ucranianas. Ucrania, en condiciones enormemente más difíciles, ha tenido que compensar la escasez de cazas de última generación con drones, obuses autopropulsados, fortificaciones y una movilización social sostenida. Su ejército, el segundo más grande de Europa, ya entrena a aliados como Alemania en guerra de drones y combate en un frente saturado de tecnología. Apoyar a Ucrania no es solo un gesto de solidaridad, sino también una inversión en el aprendizaje colectivo de cómo se resiste hoy a un vecino agresor sin renunciar a los principios que definen el proyecto europeo.
Liderazgo esencial. Voces especializadas en seguridad europea han advertido que, aunque Europa disponga de más soldados, más presupuesto y mejor tecnología, nada de eso bastará sin una autoridad política capaz de decidir cuándo y cómo usar la fuerza. La defensa no es solo cuestión de medios, sino de liderazgo legítimo y compartido. Si Europa quiere ser algo más que un apéndice militar de Estados Unidos, debe asumir que la responsabilidad última sobre su seguridad no puede delegarse indefinidamente.
Desde Menorca y el Monte Toro, la vieja foto de la ISS con sus ocho puertos ocupados recuerda que, a 400 kilómetros de altura, la vida de la tripulación depende de que países con intereses divergentes mantengan protocolos comunes, compartan datos y acepten una autoridad técnica por encima de banderas. Aquí abajo, la defensa europea tendrá que encontrar un difícil equilibrio: reforzar su capacidad frente a Rusia sin convertir la guerra en el corazón de su cultura, defenderse del vecino sin renunciar a ser, en lo esencial, un proyecto de paz.