Cuando era niño y acudía a alguna función de circo, lo que más me entusiasmaban eran los payasos y supongo que eso mismo les ha ocurrido a muchos más. Sus chistes, sus tropiezos, la torpeza en sus movimientos marcaban la diferencia entre el payaso listo y el tonto. Yo creo que la mayoría estábamos más a favor del tonto no solo porque es el que más nos hacía reír sino sobre todo porque nos daba algo más de pena. Dicen los entendidos que es más difícil hacer reír que llorar y seguramente sea cierto. Dar con un drama, un comentario amargo, un gesto fuera de lugar puede provocar lágrimas difíciles de contener.
Un chiste, una anécdota graciosa bien dirigida muy probablemente producirá una carcajada o una sonrisa. También hay quien asegura que bajo la mascara pintorreada, la vestimenta a cuadros o rayas exageradas, sus risas y esa nariz roja del payaso, muchas veces se esconde una gran tristeza, porque como cualquier ser humano, muchas veces la procesión va por dentro y el esfuerzo para esconderla es mucho más difícil. Hoy en día tenemos que soportar muchos payasos sin narices rojas ni vestimentas coloristas que intentan hacernos reír con sus chistes de mal gusto y que cuentan con un público asiduo dispuesto a aplaudir sus intervenciones, un publico que no ha pagado entrada pero que son los calzadores dispuestos a que nos pongamos los zapatos que ellos quieren nos quepan o no.