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Una se acostumbra a todo

El acaparador

| Menorca |

Si existe una figura con la que todos topamos alguna vez en la vida, esta es la del acaparador (o acaparadora). Se trata de un individuo muy seguro de sí mismo y convencido de que sus actuaciones son del todo esenciales para el buen funcionamiento de las cosas. Como si de un pulpo se tratara, sus brazos y sus piernas se multiplican hacia todos los frentes y son capaces de alcanzar metas que ni él mismo se habría podido imaginar. El acaparador se siente imprescindible, vive convencido de que sin su intervención nada funciona como debiera. Seguro que con esta simple descripción ya tienen en sus mentes a algún acaparador (o acaparadora) como la copa de un pino. Porque nos salen al paso si nos encontramos en una situación incómoda, injusta o insoportable. Yo sé perfectamente quiénes son los acaparadores que ha habido en mi familia, en mis trabajos y, en fin, en todos los ámbitos entre los que me muevo. Puede ocurrir que, a pesar de su convencimiento -más duro que un diamante- ellos no se den cuenta de hasta dónde son capaces de llegar, puesto que consideran que su intervencionismo está del todo justificado, y que tampoco necesitan pedir permiso a nadie: ellos tienen la solución y, por tanto, se van a poner manos a la obra.

El acaparador (o acaparadora) es un tipo sonriente, que incluso te puede dar unos golpecitos en la espalda al tiempo que piensa «qué haríais vosotros sin mí» o «menos mal que estoy yo aquí». No es raro que, una vez haya actuado, se jacte disimuladamente de lo bien que ha hecho su tarea. En los casos más sangrantes es capaz también de sugerir que se merece un premio por su buen hacer. Me imagino que ya han dado con algunos ejemplos internacionales de acaparador (o acaparadora), de esos que no se fían de nadie más que de ellos mismos. Ni de su sombra, se fían.

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