El Gobierno aprobó el mes pasado una estrategia estatal para combatir la soledad no deseada, que ahora es asunto de Estado igual que la salud mental. Protocolos de detección y prevención, sistemas para paliar o revertir la soledad, apoyos sociales, etc. Como si la soledad fuese una nueva pandemia, y no el estado natural del alma humana que tanto han cantado los poetas. Ignoro si el Gobierno leyó «Cien años de soledad», famosísima novela, o al menos las «Soledades de Góngora», nuestro máximo exponente del Siglo de Oro español, ni por tanto si tiene la menor idea de la magnitud de la labor administrativa que se propone. La soledad, menudo tema. No solo hay bibliotecas enteras sobre el asunto, sino discotecas enteras, porque es precisamente de lo que hablan la mayoría de canciones. Por no citar a los famosos jinetes solitarios, héroes del western, que al crepúsculo se perdían en el horizonte.
Parece que ciertos asuntos, más antiguos que accidentes geográficos, han adquirido de pronto una desmedida actualidad y es preciso tomar medidas y legislarlos. Ya sucedió el mismo fenómeno con la salud mental, convertida igualmente en problema gubernativo desde que no hay famoso que no nos cuente, para visibilizarlas, sus angustias y perturbaciones mentales más o menos controladas. Antes esto se lograba escribiendo relatos de terror o novelas, y no era un problema estatal sino de escritores y artistas en general. Ignoro por qué la soledad y la salud mental han adquirido tal notoriedad pública, pero como estamos en la era de la comunicación, es difícil no relacionar la curiosa coincidencia. Cuanto más comunicada está la gente (y los jovencitos), y más horas dedican a comunicarse y recibir noticias, más se habla de soledad y salud mental. ¿Tendrá algo que ver? Por lo visto sí, menudo chollo para sociólogos y psicólogos. ¿Comunicarse mucho multiplica la soledad? ¿Perjudica la salud mental? No me extrañaría nada. La comunicación implica relacionarse con otra gente, y cuanto más nos comunicamos, más tiempo pasamos con ellos y más sabemos cómo es toda la gente. No diré que esta relación de causa efecto sea exacta, pero no me negarán que al menos es una coincidencia muy curiosa.