He pensado bastante en los últimos días si es peor tener líderes acobardados, como la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, o tenerlos muy envalentonados, como Putin, Trump o el propio Netanyahu. Von der Leyen ya fue cruelmente criticada por prestar vasallaje al presidente de Estados Unidos corriendo a ponerse a sus órdenes en su campo de golf, y más recientemente las críticas fueron ya una tormenta, y se habla de una Europa fracturada, hecha pedazos, cuando sin más ni más aseguró que Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden, porque tal cosa no existe ni volverá nunca. Es evidente que la señora Von der Leyen está muy asustada, y con razón, pero si bien todo el mundo es libre de asustarse, y hasta de aterrorizarse, una ley no escrita determina que los líderes no pueden hacerlo. Es de muy mal efecto, y un líder asustado, con una fuerte tendencia a la rendición, además de los padecimientos que ya sufre, se lleva toda clase de invectivas y collejas. El presidente del Consejo, António Costa, tuvo que corregirla al día siguiente por haberse entregado mansamente a los designios de los matones, pero naturalmente, eso no sirvió de nada porque cuando alguien se asusta es incorregible. Mal asunto, un líder acobardado. El señor Puigdemont, incluso si consigue ser amnistiado, jamás se librará del baldón histórico de haber sido el líder revolucionario que se acobardó en el momento preciso. Ahora bien, tenemos ahora varios ejemplos de líderes muy envalentonados, y al menos a nivel teórico, no parece que eso dé ningún gusto, son muy difíciles de soportar. Incluso tenemos algunos, como el señor Feijóo, que por un lado se acobardan frente al presidente de Estados Unidos, tanto o más que Von der Leyen, mientras por el otro se envalentonan ostentosamente con el presidente del Gobierno, acaso para compensar. Así que, como de costumbre, no sabe uno a qué carta quedarse. Es indiscutible que en teoría lo peor que puede hacer un líder es asustarse, y peor aún si lo hace con reiteración, pero por otra parte y en la práctica, el mundo nunca ha estado tan harto de líderes envalentonados soltando arengas. Me sobrará tiempo para seguir pensado qué es peor.
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