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Terra cremada

Entre la libertad del poder y el poder de la libertad

| Menorca |

Vivimos en una época en que la palabra libertad ha sido prostituida. Es utilizada en demasía en discursos políticos y narrativas nacionales e internacionales. Se invoca para justificar alianzas, sanciones e intervenciones militares que, paradójicamente, restringen la libertad de millones de personas. Repetida hasta la saciedad, parece bastar para convertirla en una verdad incuestionable. Pero solo un ingenuo confundiría esta plática con la libertad misma.

Tal vez el problema sea que a la libertad quieren enjaularla en el grito: muy útil para legitimar ciertas decisiones. Pero el reverso de ese vocerío es incómodo, pues obliga a mirar lo que se oculta detrás de las palabras altisonantes. Mostraré mis cartas desde el principio: la libertad trascendente quizá no esté en el estrépito de lo político, sino en la distancia crítica frente a él.

En geopolítica, hoy, la libertad suele presentarse como la capacidad de un Estado para defender sus intereses. Cada potencia afirma protegerla como pilar moral de sus acciones. Sin embargo, al observar el tablero mundial aparece la paradoja: todos dicen luchar por ella… mientras el mundo se organiza en torno a estructuras de control, dependencia y vigilancia; es decir, de sus antagónicos.

El sistema internacional se parece a un estanque constantemente agitado por esas fuerzas políticas, económicas o militares. Cada movimiento genera ondas que sacuden a sociedades enteras con crisis económicas, desplazamientos masivos e incertidumbre generalizada. La libertad termina siendo un concepto en disputa: todos dicen defenderla, pero cada vez es más opaca debido a su uso turbio.

En Ucrania, la guerra se interpreta de forma radicalmente opuesta según quien la narre: defensa del derecho a existir frente a seguridad estratégica. Entre ambas narrativas, la realidad tangible son ciudades devastadas, más de ocho millones de desplazados internos y seis millones de refugiados.

Algo similar ocurre con Israel y Gaza: unos lo llaman defensa frente a amenazas; y otros, derecho a vivir sin ocupación ni miedo constante. Aquí la libertad deja de ser abstracta para convertirse, materialmente, en pura subsistencia.

Venezuela nos mostraba otro caso: discursos de soberanía frente a presiones externas, mientras más de siete millones de personas abandonaban el país. Ahora, la libertad sigue presente en el discurso, pero por parte de quienes dicen que vienen a imponerla. Imposición y libertad, todo un oxímoron.

El de Irán es otro ejemplo, aunque la libertad ni siquiera se ha usado para justificar la invasión, ha sido reemplazada por términos como disuasión o guerra preventiva, a la vez que pretenden vendernos que dicha intervención militar viene también para instaurarla, como si ésta pudiera crecer entre las ruinas que acaba creando.

En todos estos casos aparece un patrón claro: la libertad termina funcionando como el idioma oficial del poder. Cuando este repite demasiado una palabra, conviene empezar a desconfiar de ella. Aquí es necesario apartarse del ruido geopolítico para abrazar otra dimensión: la libertad interior, la menos espectacular, la que está ligada a la manera en que los individuos habitan el mundo que las potencias dicen organizar.

La libertad, la real, no puede ser ese grito que llena el espacio político, sino el eco que decide no regresar a ese espacio. En un mundo saturado de discursos que exigen adhesión inmediata e incuestionable, ser libre puede consistir en no responder y dejar que la propaganda se disuelva antes de comprarla. Es un gesto nimio, pero significativo: no responder puede ser la primera forma de soberanía, para después, ir traduciéndose en decisiones éticas de resistencia y coherencia individual.

El siglo XXI está demasiado lleno ya de ecos que exigen su retorno amplificado. La auténtica y genuina libertad debe parecerse más a una cometa que corta su hilo o a un títere que deja de obedecer al titiritero. La política, nacional e internacional trata de evitar ese gesto: los Estados prefieren previsibilidad, control y reacciones calculables. Cortar los hilos conlleva incertidumbre y riesgo. En ocasiones pueden llamar, a ese gesto nimio, terrorismo. ¡Cuidado! Otra palabra prostituida hoy en día.

Cuando la libertad depende sobremanera de factores externos, termina confundida o pareciéndose a ellos. Incluso las grandes potencias están sometidas a contornos que no controlan completamente. La soberanía absoluta es sólo una ilusión útil para discursos patrióticos. Por eso, quizá la libertad no esté en la expansión del poder, sino en mantener una relación distinta y distante con él.

Adentrémonos más en la metafísica: Una piedra, en el fondo del estanque antes mencionado, puede observar la superficie agitada sin ser engullida por ella. Algunos llaman a este acto contemplación; otros, soberanía personal. Yo, humildemente, lo llamaría libre pensamiento. Esto no implica abandonar la política, pues obviamente, instituciones, leyes y derechos siguen siendo indispensables para proteger la dignidad humana… aunque últimamente estos derechos parecen cada vez más sometidos a la ley del más fuerte, terminando por negar la propia dignidad que dicen proteger.

La libertad más insondable aparece cuando alguien consigue escapar de la narrativa dominante, cuando observa el conflicto sin convertirse en su reflejo. Entonces, el reloj impío de la urgencia política pierde autoridad. Las catalogaciones que organizan el debate público con nomenclaturas como amigo/enemigo, o aliado/adversario, parecen menos sólidas y empiezan a abrazar el sinsentido.

No se trata de huir del mundo, sino de otra manera de habitarlo. Una forma que permita ejercer autonomía sobre nuestra vida cotidiana, incluso frente al poder más aplastante.

En un mundo tan interconectado, esta libertad no genera titulares, sin embargo, puede ser la condición que permita existir a cualquier otra libertad. Porque, al final, en un planeta tan lleno de jaulas geopolíticas, la libertad a veces consiste simplemente en no aceptar la lógica que las sostiene. Cuando eso ocurre, a la jaula se le empiezan a caer los barrotes, más allá de la metafísica y de la metáfora.   

Y también más allá de la libertad del poder, donde el vuelo parece libre pero pertenece al hilo, existe el poder de la libertad, nacido del librepensamiento, capaz de hacer que el eco deje de ser respuesta para convertirse, finalmente, en voz propia que no sigue al rebaño, que actúa y sostiene su propia dignidad fuera del alcance de los hilos del maestro titiritero.

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