En casa estamos viendo Mr. Mercedes, una adaptación de la trilogía de novelas policíacas sobre Bill Hodges de Stephen King. Os explico esto porque el otro día, en uno de los episodios, uno de los personajes dijo algo que me pareció superacertado y real, muy sencillo, pero en lo que no me había parado a pensar.
El personaje, en un principio secundario, que acaba ganándose cierto protagonismo, es el de una chica con problemas mentales que inspira ternura y muchas ganas de abrazarla; pues bien, como os decía, según va ganando minutos y secuencias en pantalla, vamos sabiendo más de ella: del porqué de sus tics, de sus tocs, de sus miedos e inseguridades y de su manera de actuar.
Aunque Holly -es el nombre del personaje- parece culpar especialmente de su fragilidad a su madre, cosa que el espectador no puede poner en duda al conocer a esta última, acaba remontándose a un episodio muy concreto vivido durante sus años como estudiante; sus peculiaridades llevaron a un compañero a burlarse de ella en público, a ponerle incluso un apodo que el resto secundó durante los siguientes cursos. Ella, Holly, explicaba, ponía palabras a las sensaciones y sentimientos de tantas personas que han sufrido acoso, sea escolar o de cualquier otro tipo: podía haberse callado, podía no haberla tomado conmigo, podía no haberse burlado, no haberse reído de mí en público, y su vida habría seguido absolutamente igual; nada habría cambiado. Sin embargo, no lo hizo, y entonces su vida sí que siguió siendo la misma, nada cambió para él, pero para mí ya nunca volvió a ser lo mismo.
El poder de las palabras, Queridos.