Cuentan las crónicas que el imponente rey Enrique IV de Castilla era impotente. Quienes escribieron esas crónicas también cuentan que fue el padre de Juana la Beltraneja. Pues, o lo primero o lo segundo, porque en el siglo XV las técnicas de reproducción humana por muy asistidas que fueran no eran como las que tenemos ahora. De hecho, ahora ni siquiera es necesario estar vivo para engendrar vástagos. Recuerdo que hace años leí la novela de Juan Eslava Galán, «En busca del unicornio», premio Planeta a finales de los ochenta. En ella, el escudero real Juan de Olid, enviado por el monarca de Castilla, describía en primera persona su viaje por el continente africano tratando de encontrar el único unicornio que contenía en su cuerno la solución a los problemas reales de infertilidad. Aquel viaje de dos décadas, había llevado al protagonista a recorrer al continente de un extremo a otro. En busca del unicornio ni es una novela de viajes ni es una novela histórica, sino que es una novela histérica que recrea de forma magistral la búsqueda de lo imposible para justificar lo posible, el arte de hacer creer que lo irreal parezca real, y la posibilidad de ordenar el desorden de la naturaleza humana.
Con gran maestría, Eslava Galán desvela cómo el arte del engaño de los gobernantes llega hasta intentar convencernos de que los rinocerontes son, en realidad, los unicornios. Porque si crees que los unicornios no existen, te equivocas. Los unicornios son rinocerontes blancos que según la teoría de la evolución de Darwin dejaron de volar, perdieron las alas y echaron barriga cuando se asentaron para descansar en los barrizales. Y, aunque rebajaron las dimensiones del único cuerno que poseían, nunca dejaron de enorgullecerse de ser unos cornudos. Porque ahí, precisamente en el cuerno, estaba la esencia de toda su virilidad. ¡De ahí lo de cornudo! Quizás el rey Enrique IV prefirió buscar el milagroso cuerno de un único unicornio antes que pasar a la historia por su infertilidad. Mejor cornudo que impotente. Para que veas que los unicornios existen desde siempre y nunca han dejado de hacerlo.