El libre manejo del caudal público a pequeña escala puede derivar en tentaciones seductoras, irreprimibles, en consonancia con la dudosa catadura ética de aquellos políticos que hacen un uso perverso de la tarjeta de crédito a su disposición.
Hablamos de ese cartoncillo del que ellos disfrutan a discreción para que no precisen gastar un solo euro de su bolsillo en el ejercicio del cargo.
Ejemplos de la magnanimidad de muchos de ellos en encuentros no rigurosamente oficiales los hemos conocido muchos periodistas de Balears, especialmente en épocas pretéritas, admitiendo -es verdad- un propio beneficio a manteles y otras prebendas. Es fácil presuponer la progresión de estas veleidades a medida que se escala hacia el poder central, como atestiguan ejemplos pasados y recientes.
El control de gastos, seguramente, es hoy algo más exhaustivo en muchos casos, para poner límites a esa falseada generosidad porque se practica con dinero público. Así cualquiera.
En un eslabón superior a esos dispendios que pueden resultar menores encontramos otros que se ajustan al rostro granítico de quienes los realizan, aún siendo conscientes de que van a quedar al descubierto.
Son aquellos representantes de la cosa pública capaces de transformar en acto oficial cualquier evento que les seduzca entre o no en su competencia para anotarse un viaje más ocioso que profesional. Lo hizo la semana pasada la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, quien voló a Los Ángeles para asistir a la gala de los Oscar, previo pago de un billete en clase business de más de 7.000 euros.
La abogada gallega, que advierte el cercano fin de su trayectoria política, ha justificado el cuantioso dispendio como apoyo a la cultura y la creación artística, pese a que su cartera ministerial sea la de Trabajo, sin mostrar el más mínimo rubor. Ella, que tanto azota al empresariado, se ha regalado un free tour por Hollywood a gastos pagados en un manejo del erario público que la aproxima más a Trump que a su recurrente proletariado.