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Terra cremada

El cuento del discurso de la reina

| Menorca |

El reino libre fue durante décadas un gran palacio iluminado por candelabros de certezas ¡Toma metáfora! Sus lujosos salones recibían emisarios de reinos lejanos, mercaderes que cruzaban mares y consejeros que trazaban mapas del porvenir. Sus fornidas torres permanecían erguidas con el transcurso de los años, con muros elevados. La sensación de orden parecía inscrita perenne en su historia misma. Hubo disputas, sí, pero la mayoría confiaba en que los sistemas que sostenían la estabilidad de aquel castillo resistirían cualquier vendaval ¡Incautos! Los caminos de comercio y diplomacia siempre se veían seguros… hasta que, un día, dejaron de serlo.

La reina Ursula se levantó de su trono de marfil y habló ante la corte europea. Su voz sonó como una campana grave, resonando su tañido en cada rincón del salón: «El antiguo orden mundial ha llegado a su fin». Aquel no era un discurso ceremonial, ni la simple y vacía retórica de siempre: era la constatación de que las certezas se habían tornado inciertas. La corte debería aprender a recorrer rutas hasta ahora desconocidas y, aunque Pedrito, el guapo bufón de la triste figura, insistiera en ser el caballero andante que deshace entuertos, la reina sabía que los tiempos pedían más que gestos panfletarios: exigían estrategia propia y echarle un par… de narices.

Fotografia feta amb IA

Tras la Guerra Fría, el mundo libre parecía gobernado, para siempre, por reglas claras. Estados Unidos sostenía sus murallas con organizaciones y tratados pactados en el atlántico norte que, a su vez, conectaban mercados de territorios bien distintos. Sus rutas comerciales formaban una red extensa que muchos creían era imposible de destruir. Pero la historia nos enseña que nada es para siempre, pues incluso las redes más sólidas tienen nudos débiles, quizá cosidos por costureros de estómagos agradecidos, y esos nudos no siempre se ve por dónde se rompen.

La idea que funcionó durante décadas era sencilla: si los reinos dependían unos de otros, sólo un loco quemaría los puentes que los conectaban. Bueno, pues apareció ese loco. El comercio que antes fluía como caravanas llevando mercancías, ideas y esperanzas; las cadenas, antes de suministro, cruzaban regiones lejanas; y las instituciones internacionales servían, como foros donde los líderes resolvían conflictos sin recurrir a la violencia. La paz, lógicamente, no era un regalo; era algo que debía cuidarse como una planta delicada, una planta solo de interior.

Pero alguien había empezado a dejar de regar las plantas, y hasta las macetas le molestan. Además, desde el este, China emergió, trazando sus propias rutas comerciales y de poder. Proveniente del antiguo tercer mundo, no ha mucho tiempo, no solo acumuló riquezas, sino también tecnología, industria y fuerza militar. Sus avances llegaron a escenarios estratégicos: semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones y minerales raros. Estaba construyendo su propio ecosistema con estructuras propias y el mapa global empezó a fragmentarse. Dos grandes bloques competían ahora por influencia y por decidir el futuro de todos los reinos, dejando claro que la estabilidad había saltado por los aires.

En Europa del Este, los cimientos de la seguridad también se tambaleaban, cual pared asediada por una robusta enredadera. Rusia cruzó las fronteras de Ucrania. Esa guerra mostró algo que muchos habían preferido ignorar: la fuerza militar seguía siendo un factor decisivo. Resultaba irónico que, en el Este, también imperara la ley del Oeste. Los tratados y normas ya no garantizaban protección. La incertidumbre se coló en los salones del poder del reino libre como un viento frío, y los rumores de nuevos conflictos se convirtieron en hechos que nadie podía obviar.

A su vez, las rutas del comercio global se detuvieron. La pandemia vació caravanas y congestionó puertos, dejando mercados paralizados. Los almacenes se vaciaron y los gobiernos descubrieron que dependían demasiado de suministros de reinos lejanos. Luego llegó la crisis energética, recordando al reino libre que parte de su prosperidad descansaba en recursos controlados por reinos de infieles. Se mascaba la tragedia.

En ese clima, los consejeros de la reina empezaron a hablar de autonomía, seguridad económica y reducción de dependencias. La corte comprendió que la verdadera fortaleza no residía solo en muros y tratados, sino en la capacidad de adaptación y prevención, aparte de echarle ese mencionado par de narices. «No basta con mirar las murallas», dijo la reina, «hay que pensar en cada camino, en quién lo controla y en lo que ocurre si se interrumpe». Mientras, un loco, con firma de loco, reía entre torpedos lanzados. Y la reina, con un suspiro añadió: «Ni siquiera los planes más detallados evitan sorpresas. Tampoco los mejores bufones ayudan». Pedrito ni se dio por aludido.

Entonces, el mundo dejó de ser un camino seguro y libre de bandoleros. Surgieron bloques que levantaron nuevas barreras, protegieron tecnologías clave y reforzaron sus fortines industriales. Cuando la reina Von der Leyen anunció el fin del antiguo orden mundial, no solo señaló cambios en la balanza de poder; también reconoció que la confianza en que la interdependencia bastaría para mantener la paz había mudado de piel, cual serpiente venenosa. Cada decisión, cada alianza y cada ruta económica debía evaluarse vigilando en todas direcciones. Nadie era ya de fiar, y el que menos, el pato Donald. La estabilidad dejó de darse por sentada. Habíamos retrocedido a épocas que juramos no revivir. ¡Cuánta ignorancia acerca de la naturaleza del hombre!

Y hoy, aunque el palacio de la reina sigue en pie, los vientos del exterior soplan cada vez más fuertes. Nuevos actores disputan rutas y caminos de siempre, y el futuro del reino depende ahora de cómo aprenda a adaptarse. Las torres y murallas que antes parecían alcanzar y bastar, ya no lo hacen. La verdadera fortaleza, hoy, está en saber con quién recorrer nuevas calzadas, una vez perdido el camino.

El discurso de la reina estaba aceptando que la historia se mueve con la gravedad de los grandes cambios, y que el viejo orden, antes sólido y amurallado, fue quizá solo una etapa más en la crónica de los reinos caídos del mundo libre. Otro muro derribado.

El nuevo capítulo advierte a quienes deben gobernar en tiempos inciertos, lejos de locos, que aceptar la mirada multidireccional importa más que jugarlo todo a una carta… pues las cartas hoy las barajan los locos, ya sean de pelo lacado o de testa calva.

Porque sí: a veces ese par de narices también necesita su propia… loca.

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