Existe una perversión de la medida. No juzgamos con la misma vara unos hechos y otros. Ni siquiera juzgamos los hechos, sino al autor, su rango, su poder, su utilidad, la bandera que lo protege o la lengua en que habla. Si un hombre mata a otro, la sociedad se apresura a darle su nombre: asesino. No concede escapatoria. Pero si un hombre provoca la muerte de miles, o de centenares de miles, o de media humanidad, entonces el lenguaje vacila, se viste de ceremonia y se vuelve servil. Ya no se habla de asesino, sino de mandatario, de jefe de Estado, de hombre fuerte, de conductor de un pueblo, de estratega. Solo cuando pierde el poder, o cuando sus enemigos escriben la historia, se le empieza a llamar genocida. Y, aun así, no todos. Los suyos, nunca; siempre encuentran palabras de recambio para tapar la sangre.
También el pudor humano está lleno de caprichos extraños. Una fotografía de un desnudo, aunque sea limpia, bella, artística, serena, despierta enseguida la alarma social. Se la considera inmoral, erótica, pornográfica, peligrosa. Pero una fotografía de cuerpos despedazados por la guerra, de niños muertos bajo los escombros, de rostros consumidos por el fuego o la metralla, suele considerarse reportaje gráfico, documento, testimonio. El desnudo escandaliza; los desastres de la guerra informan. He ahí una de las mayores hipocresías de nuestro tiempo. En televisión, una palabrota merece un pitido. En cambio, se cuentan con naturalidad –y se debaten-- violaciones, palizas, asesinatos, abusos, atracos feroces, y nadie pone sordina al espanto. Nadie reconoce siquiera que la difusión minuciosa de tanto horror no responde solo al derecho a saber, sino también al viejo comercio del miedo. Los sucesos venden. El espanto retiene. La desgracia da audiencia. En el mundo de la cultura ocurre otro tanto. Un premio literario de importancia aparece, si aparece, después de los deportes, como una noticia de segunda mesa. Si un autor consagrado publica un nuevo libro, no falta quien dé a entender que ya hemos tenido bastante de él. Si un escritor joven triunfa, se lo proclama de inmediato nuevo Cervantes, nuevo Shakespeare, nuevo lo que convenga. Pero si el libro está escrito en catalán, o en gallego, o en euskera, o en cualquier otra lengua sin Estado, sin ejército y sin uranio, entonces se considera folklore. La justicia entre los hombres no existe. Lo más desolador es que, después de tantos siglos, todavía haya quien llame orden a esa injusticia.