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Levantando el velo

España en América: memoria, historia y responsabilidad

| Menorca |

Tras escuchar las palabras de Felipe VI ante el embajador de México en España, he sentido la necesidad —serena, pero firme— de ordenar algunas reflexiones que, creo, trascienden lo inmediato. No escribo desde la confrontación ni desde la nostalgia, sino desde una convicción: la historia de España en América merece ser comprendida en toda su complejidad, sin caer ni en la complacencia ni en la caricatura.

Durante demasiado tiempo, el debate público ha oscilado entre dos extremos igualmente empobrecedores: la exaltación acrítica y la condena simplificada. Y sin embargo, la realidad histórica rara vez se deja encerrar en categorías tan estrechas. España en Hispanoamérica no fue un episodio puntual ni una empresa homogénea; fue un proceso de más de tres siglos, profundo, contradictorio, lleno de muchas luces y algunas sombras, como lo son todas las grandes experiencias humanas, no pueden decir lo mismo países como Inglaterra, Francia y Países Bajos en relación a sus conquistas, ya sean en América o en África principalmente.

Reducir ese legado a una sucesión de abusos no solo resulta injusto e insuficiente: es, en cierto modo, una forma de renunciar a entenderlo.

Conviene recordar que, mucho antes de que otras potencias europeas desarrollaran estructuras comparables, la Monarquía Hispánica impulsó en América instituciones que buscaban organizar la vida social, cultural y política. Universidades como la Real y Pontificia Universidad de México o la de Santo Tomás de Aquino.    No fueron meros símbolos, sino centros activos de pensamiento donde se enseñaban teología, derecho, medicina y filosofía. En ellas se trasladó el saber europeo a un nuevo contexto, generando además una producción intelectual propia.

Algo similar ocurrió con la red hospitalaria. El Hospital de Jesús Nazareno, por ejemplo, refleja una temprana preocupación por la asistencia sanitaria que no puede entenderse al margen de una concepción del poder que incluía deberes hacia la población. No eran estructuras aisladas, sino parte de un entramado institucional más amplio.

En el ámbito jurídico, las Leyes de Indias constituyen uno de los esfuerzos más notables de su tiempo por regular la vida en territorios de ultramar. Su aplicación fue desigual, sin duda, pero su mera existencia demuestra una voluntad normativa que introducía límites, derechos y obligaciones en un contexto extraordinariamente complejo.

La dimensión cultural y lingüística merece también una consideración más matizada. La expansión del español no solo facilitó la comunicación entre territorios vastísimos, sino que convivió con un fenómeno menos conocido: la preservación de lenguas indígenas gracias a gramáticas y diccionarios elaborados por misioneros españoles. En muchos casos, esos trabajos constituyen hoy la única huella escrita de idiomas que, de otro modo, habrían desaparecido sin rastro.

La evangelización, por su parte, fue un elemento inseparable de aquel proceso. Puede ser analizada desde múltiples perspectivas, pero no puede ser ignorada ni reducida a una lectura unidimensional. Figuras como Bartolomé de las Casas muestran que dentro del propio mundo hispánico existieron debates profundos sobre la dignidad humana, la justicia y el trato a los pueblos originarios. No hubo unanimidad, y precisamente por eso resulta injusto hablar de un bloque monolítico.

Al mismo tiempo, no puede obviarse que la llegada de España se produjo en un contexto donde también existían realidades difíciles de encajar con nuestra sensibilidad actual. En algunos territorios, prácticas como los sacrificios humanos formaban parte de estructuras políticas y religiosas consolidadas. La caída de Tenochtitlán, en la que tuvo un papel decisivo Hernán Cortés junto a numerosos aliados indígenas, no puede entenderse únicamente como una empresa de dominación externa, sino también como el resultado de alianzas complejas entre pueblos con intereses divergentes.

La historia, en este sentido, no responde a esquemas simples de opresores y oprimidos. Es, más bien, una red de relaciones, conflictos y acuerdos que exige ser analizada con rigor.

Otro aspecto frecuentemente olvidado es la dimensión urbana. Ciudades como Lima o Bogotá conservan aún hoy un trazado que responde a una planificación reconocible: plazas mayores, cabildos, catedrales, redes de caminos. No se trató solo de ocupar un territorio, sino de estructurarlo y dotarlo de instituciones que articularan la vida pública.

En el plano social, el modelo español generó, con todas sus tensiones, sociedades mestizas que hoy constituyen la base identitaria de gran parte del continente, ya que en ningún caso se trató de segregación o exterminio. La mezcla —biológica, cultural, lingüística— fue una realidad constante, y sus efectos siguen siendo visibles en la actualidad.

En este contexto, figuras como Junípero Serra en la Alta California ilustran otra dimensión de aquel proceso: la de quienes, desde la misión religiosa, contribuyeron a la fundación de comunidades, a la transmisión cultural y a la articulación de territorios remotos. Su legado, como el de tantos otros, puede y debe ser debatido, pero no simplificado hasta hacerlo irreconocible.

La cuestión, en realidad, no es elegir entre una visión positiva o negativa, sino aspirar a una comprensión completa.Y es aquí donde las palabras del Rey adquieren un significado especial. Porque Felipe VI no representa únicamente una institución, sino una continuidad histórica. Cada matiz en su discurso contribuye a configurar la imagen que España proyecta de sí misma, tanto hacia dentro como hacia fuera.

No se trata de orgullo ciego ni de negación, sino de equilibrio. De reconocer errores sin asumir culpas formuladas en términos ajenos a su contexto. De evitar que tres siglos de historia queden reducidos a una etiqueta moral que, por su propia simplicidad, resulta incapaz de explicar nada.

España no necesita pedir perdón por existir en la historia. Necesita, más bien, conocerla mejor, explicarla con rigor y defenderla con serenidad y sentirse orgullosa de ella. Porque solo desde ese conocimiento profundo es posible sostener un presente sin complejos y construir un futuro sin renuncias. Tal vez ese sea, en última instancia, el verdadero desafío de nuestro tiempo: Entender que la historia no es un tribunal, sino una herramienta de comprensión. Y asumir, con la madurez que exige una nación con siglos de trayectoria, que la verdad histórica rara vez se encuentra en los extremos, sino en el difícil —pero necesario— terreno de la complejidad y el equilibrio. Es mi opinión, claro.

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