Se acuerdan ustedes de aquellos líderes de perfil bajo cuya propia personalidad gris se diluía aún más en la trama grisácea de las fotos de los noticieros? Sí, hablamos de aquellos señores normales de perfecta y educada medianía que obligaban a sudar a los analistas para conseguir adjudicarles algo parecido a una declaración y cuyas intenciones eran un misterio tanto o más insondable que su actividad cotidiana. No los recuerdan, claro, eso era precisamente lo que se pretendía. Pues les digo una cosa: eran una bendición.
Los dirigentes anodinos constituían, sobre todo, una buena señal. Las cosas iban como fuera que iban pero uno no encontraba más que resignada conformidad cuando al intercambiar el periódico del bar, entre café y café, oía o pronunciaba aquello de «piove, porco governo» y se procedía al pequeño ritual del compadreo de la resignación compartida y el encogimiento de hombros generalizado, inmediatos al irse cada uno a sus propios asuntos, que para eso estaban.
Pero no, claro, nadie se acuerda de ellos. En eso mismo estaba su gracia y su grandeza: mantenían un orden rutinario; limpiaban, arreglaban los desperfectos, rellenaban los depósitos y reemplazaban las vías obsoletas; firmaban las nóminas de los empleados públicos e incluso, si las cosas no iban mal dadas, pagaban los plazos de la deuda pública. Intentaban ajustarse a sus presupuestos, es más, los hacían, los votaban y los aceptaban.
Aquellos individuos grises, aquellas medianías, no parecían pretender arreglar el mundo. Ni siquiera parecían aspirar a la gloria mundana más allá de unos cuantos reconocimientos y distinciones oficiales y, con suerte un retrato, al óleo y de pintor afamado, que durmiera el sueño de los justos, junto a sus ignotos colegas, en los largos pasillos de algún vetusto edificio administrativo. Pero, resignémonos, está cada vez más claro que todo ese muermo de la probidad, las certidumbres y la fiabilidad resultan poco apasionantes en el juego político y solo hacen bostezar a un electorado exaltado y ávido de los bandazos y las emociones fuertes de las historias con protagonistas, que desdeña mendacidades tales como la de ajustarse al presupuesto.
La historia de aquellos convulsos años treinta del siglo pasado, de los que ya el número de ficciones supera al de posibles personajes reales, ha tratado de enseñarnos, en vano, los peligros del caudillismo y del entusiasmo de los voluntariosos. Puede que de vez en cuando un poco de carisma y voluntad puedan venir bien para animar el cotarro. Pero, convendrán conmigo en que desde que nuestro relato responsabiliza directamente a Trump, y no a la administración americana, de la tarea de repartir estacazos por oriente medio o asigna a Putin, y no a un oscuro politburó, la de realizar personalmente lo de las purgas rusas o desde que Von der Leyen y Costa, y no un anónimo funcionario europeo, son los que abren la boca para pifiarla, las cosas no van, precisamente a mejor.