Trump pretendía exigir que el mundo entero le diera las gracias por incendiar Oriente medio, pero solo los arrastrados lo hacen en el pico de la servidumbre. Porque no es gratitud lo que a primera vista parece, es una sumisión ante sus ínfulas de grandeza. Trump pretende hacer pasar la destrucción de un país como un servicio al mundo libre. En esa línea se enmarcan las declaraciones de Pete Hegseth, el secretario de Guerra de EEUU, buscando blindar la figura de su jefe frente a la barbarie, transformando un ataque unilateral contra Irán en una gesta heroica necesaria. Se usa el lenguaje de la propaganda más burda, aquella diseñada para convertir la crueldad en virtud y que únicamente los palmeros que buscan una caricia en el cogote festejan. En España, todos sabemos quiénes son. Hegseth habla de malos aliados en Europa, como si poseer el sentido común de no participar en una carnicería innecesaria fuera un flagrante delito.
Todo muy repulsivo porque se pretende convertirnos en meros títeres para el supremacista americano. Irán intensifica sus ataques en una espiral de violencia que alimentan el propio Trump y su amiguito Netanyahu, que de genocidios sabe latín. Dos narcisistas de la tercera edad que juegan una partida de ajedrez con vidas humanas que les importan menos que un bledo. Tipos como Hegseth, palmeros de vocación, no defienden la libertad, sino el privilegio de quien bombardea sin dar explicaciones. Esa derecha servil que en sus sucursales europeas representan fulanos como Feijóo, Ayuso o Abascal, prefiere antes arrodillarse al imperio de Trump que defender a su propio país para luego jactarse de patriotismo. No se necesitan salvadores que se ríen cuando estallan escuelas y sí líderes que no sean matones de barrio. Agradecer a Trump su guerra a Irán es aceptar que no se tiene dignidad.