Lo que no ocurrió…
Valencia. 2026. Trump contempla, hierático, «Onírica», el ninot indultado de las Fallas, obra de Pedro Santaeulalia. Estremecedora, la escultura –dividida en dos mitades– presenta, por una parte, a una niña en guerra –la que padece– y, por otra, a la niña dichosa que debería de haber sido. La primera mira a la segunda, esa, «onírica», que es solo un sueño… Trump no se da por aludido. Tan solo aguarda que arda. Como tampoco se habrían dado por aludidos los cuatro o cinco locos que dirigen, desde sus zonas de confort, ese mundo, como el de la muchacha, oscurecido y exento de esperanza…
Lo que es…
Alguien, hoy, te confiesa no entender nada sobre la guerra de USA/Israel contra Irán. Tal vez, y recordando las sabias lecciones de un viejo profesor de historia, tendrías que haberle dicho que ese conflicto bélico –y los que en el mundo han sido– es fácil y desgraciadamente comprensible. Porque se reduce a dos factores: dinero y poder. Aunque a esas causas se añaden otros complementos aterradores: el fanatismo, el narcisismo, la incultura, la creencia en la inmortalidad de los líderes, los falsos dioses, la cobardía, la hipocresía y un largo etcétera…
Cobardía e hipocresía…
Despacho oval de la Casa Blanca. Trump manifiesta que no tiene miedo a que lo de Irán se convierta en un nuevo Vietnam; que él, como los superhéroes de Márvel, no tiene miedo a nada… La hipocresía –la suya– sobrevuela la estancia. La hemeroteca aguijonea al presidente. Porque todos los presentes recuerdan como el osado guerrero del tupé evitó ir a la guerra de Vietnam gracias a cuatro prórrogas por estudios y, después, por padecer un supuesto y no inhabilitante espolón óseo que certificó un médico amigo… Resulta difícil, efectivamente, tener miedo al horror cuando este jamás se ha vivido. Y por eso Trump no entiende, ni entenderá jamás, el profundísimo significado de esa niña de ojos tristes indultada en Valencia… Ni su dolor.
Meter a Dios en la contienda… Incultura y fanatismo…
Únicamente un fanático ido, un inculto supremo, un enajenado, sostendría un régimen totalitario y sangriento aludiendo a Dios. Únicamente un loco osaría hablar de teocracia, palabra compuesta por dos antónimos irreconciliables. Con frecuencia, y en su nombre, se han cometido atrocidades de todo tipo. Tal vez habría que recordar aquello tan manido de no usar el nombre del Padre en vano. La represión criminal de los disidentes, la esclavitud de la mujer, los homosexuales ahorcados, la pena de muerte tan solo son obra de degenerados que nunca han entendido que únicamente el Amor puede relacionarse con la divinidad.
La niña que es/la que debió de ser…
La niña de cartón existe. No es una, son multitud. El ninot, ella, permanece ennegrecida, al igual que el muñeco herido que sostiene en sus manos. La luz de sus ojos se le escapó un día y se tiñó de incomprensión. Pensó que ese silbido era festivo, quizás los fuegos artificiales de un pueblo vecino, hasta que vio como, en su caída, caía también el cuerpo, ya inerte, de un amigo o de un vecino. No lleva coletas. Pero sí casco. No hay sol. Ya no. Ni luna. Pero si ceniza persistente. Aguarda inútilmente a sus padres. Aunque no es consciente del adverbio. Por fortuna. Tiene miedo. Piensa que, a lo mejor, se trate de un juego. O de un sueño. Que despertará. Y en la espera se ve como esa otra niña, onírica, feliz, que juguetea, pero solo en su mente… Esa que hubiera sido ella, si a ella le hubieran dejado serlo…
Donald Trump mira el ninot a la espera de su no indulto…
Un jerarca iraní se apoya en Dios.
Mientras, Dios, junto a la niña de la guerra –cualquier guerra–, no hace sino llorar…