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Historias desde el museo

Neutral

| Menorca |

«Esto no son de ninguno», ni siquiera dijo «estos» sino «esto» como si en vez de personas fuesen objetos. Así definió el intérprete a un grupo de unas veinte personas que, acampados en un recodo del río, se movían en torno a unos cuantos carros. La escena bien podría haber pasado por un cuadro de hace cien o doscientos años; su aspecto andrajoso y su actitud temerosa, dejaba claro que eran un elemento marginal, considerando que la guerra no deja nada al margen. Estábamos haciendo un censo de los asentamientos poblacionales que había en nuestra área de responsabilidad; allí todos eran serbios o albano-kosovares, bueno, todos no, estaban estos otros, los «romaní» -gitanos- a los que anotamos como «neutrales» en el conflicto. Entre viejas mantas, junto al fuego, había un niño de unos cuatro años que temblaba, no de frío –que hacía mucho- sino por fiebre, mientras otros medio descalzos correteaban por allí entre el barro y las manchas de nieve. «¡Pero estás loco!, ¿y si se muere aquí?», me dijo el oficial médico cuando se lo dejé encima de la camilla en el botiquín de la base; nadie de su familia se inmutó cuando me lo llevé, ¿qué no habrían tenido que soportar para que sumisos no hiciesen nada ante gente uniformada y armada?   

Tengo la sana costumbre de consultar el diccionario de la RAE cada vez que tengo alguna duda, no solo gramatical, sino incluso de concepto. Dice del neutral: «Que no participa en ninguna de las opciones en un conflicto», es decir, tiene que haber un conflicto –no necesariamente armado– para que haya un neutral. Lo que resulta más curioso es que considere como sinónimos: equitativo, ecuánime y –este es el mejor– indiferente. Mientras la ecuanimidad nos habla de igualdad, la equidad lo hace de proporcionalidad; dar a todos lo mismo o dar a cada uno lo que le corresponde, ahí radica la diferencia, ahí radica la justicia. Durante una mesa-coloquio sobre un personaje histórico, uno de los participantes apuntó que mi intervención no había sido muy «neutral» como cabría esperar de un historiador. La neutralidad, le dije, tiene su origen en la ignorancia o en la indolencia, a cual peor; no toma posición aquel que desconoce las alternativas o bien le son indiferentes, su neutralidad es para disfrazar su desconocimiento o su falta de interés. Los hechos, una vez constatados, son los que son; pero el análisis de sus causas y sus consecuencias, debe de ser personal y subjetivo, hay que «mojarse».

En esta sociedad hedonista y comodona no está de moda comprometerse, salvo con causas simples y lejanas, ajenas en definitiva, el planeta, la esclavitud infantil en Asia o Gaza. Países como Togo, Barbados o Islas Fiji –por ejemplo– pueden permitirse ser neutrales, su ubicación geográfica, su situación económica, su posición política, su influencia en suma, carecen de interés dada su escasa importancia en el contexto internacional; Pero cuando naces martillo, todo se te vuelven clavos; España no se puede permitir el lujo de ser neutral, sus dirigentes deben actuar conforme a los intereses a futuro de la Nación y, considerando nuestra trayectoria histórica, nuestras raíces culturales, y nuestros intereses económicos, no pueden dejarse llevar por sentimientos –algunos muy nobles– ni modas –algunas muy absurdas–. Llevan las riendas, pero el caballo no es suyo, cuando se bajen –que se bajarán– no pueden hacerlo dejándolo cojo y sin herraduras.

Lo que aquel niño tenía era una infección brutal, una semana de buena alimentación y unos chutes de jeringuilla y, como dijo el médico «hasta el pelo le brillaba», esa criatura no sabía lo que era ni una aspirina, mucho menos la penicilina. En la base, toda la comida ya elaborada –estofados, guisos, legumbres, arroces, pastas, etc.– y no consumida tenía que ser desechada –a la basura–; en contra de normativa –mea culpa– compramos unos baúles plásticos a modo de enormes tupper y les pasábamos la comida al campamento gitano; mientras estuvimos allí, comieron. Cuando al cabo de los días les llevé al niño, se sorprendieron de su devolución, deduje que no era la primera vez que les pasaba, el tráfico ilegal de niños tiene puertas que es mejor no abrir, y menos en medio de una guerra, no estábamos allí para eso.

La moraleja: el neutral, y más si no lo es por voluntad propia, vive entre el desprecio de algunos y la desconfianza de todos. La actitud pacífica pasiva, la bonhomía bobina cuando salen a relucir los colmillos, te convierte en víctima; la equidistancia como posicionamiento queda bien como teoría pero solo hasta que alguien suelta el primer tortazo, a partir de ahí, si no ayudas estás estorbando. ¿Una mala vida es siempre preferible a una buena muerte? ¡Ay, nuestras raíces cristianas! el valle de lágrimas y todo eso. Supongo que le salvamos la vida –si aquello podía considerarse tal– a aquel niño, lo que no tengo muy claro es si le mereció la pena.

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