Hagamos un ejercicio de empatía por un momento. Pongámonos en los zapatos de los familiares de las 14 personas asesinadas por María Soledad Iparraguirre, alias Anboto, autora material o intelectual de estos crímenes, la misma jefa del aparato de extorsión de ETA y líder de la época más sanguinaria de la banda terrorista. Todavía hoy le quedan varias causas pendientes por su supuesta implicación en otros atentados, entre ellos el de la crueldad insuperable de Miguel Ángel Blanco.
La etarra guipuzcoana precisaría resucitar ocho veces para cumplir las condenas que sumaron más de 600 años por haber provocado tanto dolor inútil y destrozados tantos núcleos familiares en aquellos años de plomo.
Esos parientes de los que perdieron la vida ante un coche bomba o con un tiro en la nuca pudieron observar el rostro risueño de Anboto este pasado martes cuando salía de la prisión de Martutene, en San Sebastián, a la que solo regresará para dormir y los fines de semana, por el momento. Ha cumplido 22 años entre rejas pese a extender la muerte de sus víctimas y provocar la prisión permanente y no revisable en vida de padres, madres y hermanos de los finados.
Su libertad parcial no responde a un tercer grado, tampoco al resultado de su arrepentimiento porque nunca ha mostrado un ápice de contrición por lo que hizo, sino a la exigencia de su compañero, Arnaldo Otegui, a Pedro Sánchez, para facilitar la presidencia del socialista.
Transferir las competencias penitenciarias al gobierno vasco, acercar los presos de la banda a Euskadi e ir aplicando fórmulas para que recuperen la libertad lo antes posible desde el Ejecutivo autonómico es la hoja de ruta que deriva en esta humillación para tantos familiares al ver la salida de prisión de Anboto y otros etarras.
Si realizamos ese ejercicio de empatía y nos ponemos en sus zapatos podremos intuir, quizás, la tortura que suponen las imágenes de la terrorista libre, aunque solo ellos saben cómo se vive con otro sufrimiento añadido a su tristeza crónica.