Síguenos F Y T I T R
Hoy es noticiaEs noticia:
En letra impresa

Tras unas nuevas Naciones Unidas

| Menorca |

Fueron 51 los países que en 1944 se unieron «para preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra». Hoy son 193, que no consiguen imponerse a unos pocos, que deciden    donde y cuando desencadenarla. El Consejo de Seguridad de    Naciones Unidas no puede evitarlo, alegan, pero también lo permite la pasividad del aparato de la Organización, unido a la impotencia de la mayoría de sus miembros. Hoy, invade Rusia a Ucrania e Israel e Irán se atacan con odio, arrastrando a los Estados Unidos. El derecho de veto les ampara.    Pero, lo malo, es que esta guerra no queda solo «entre ellos». Arrastran a todo un mundo globalizado. En el caso de la invasión rusa de Ucrania, especialmente a los Bálticos,    resto de Europa y    OTAN en alerta en vuelo y el programa mundial de alimentos procedente del Mar Negro, vital para ciertos pueblos de Africa, gravemente afectado. En el segundo caso a siete monarquías del Golfo, más Chipre, Turquía, Kuwait, Irak y el colapso del comercio mundial en Ormuz. Súmese, la escasez de materias primas, el coste de la energía, la incertidumbre, en resumen. Y nosotros podemos asumir el alza en veinte o treinta céntimos de euro el precio del gasoil, pero resistiremos. No obstante, en otros países, hablamos de hambruna, sequías, muertes de niños por desnutrición, a los que siguen tratas, emigración descontrolada, desestabilización y la guerra.

Resumo: son los 193 estados que componen la Asamblea General, los que deben tener voz por encima de los que ostentan aún el derecho de veto y seguramente la mayor aportación económica que sostiene la Organización. Como decían Mario Betatti y Miterrand, «ningún país es dueño del dolor que produce». Se referían entonces a represiones internas, pero puede aplicarse a este mundo globalizado.

Consciente del escaso valor que tiene la opinión de un viejo soldado, lo que propongo entraña una nueva redacción o reinterpretación de la Carta, como ya se hizo en 1950 con Corea o en 1956 con Suez, cuando la Asamblea General se atribuyó funciones del propio Consejo de Seguridad. Aporto mis cuatro años sobre el terreno al servicio directo a NNUU en Centroamérica y Colombia, junto a otros tantos en otros niveles de responsabilidad en los Balcanes. Conozco la calidad humana de muchos servidores de sus agencias, especialmente las más sociales (Refugiados; Infancia; Alimentación), como también la fría y pesada burocracia de la sede de Nueva York, servida por personas cómodamente asentadas, bien remuneradas, que ven -por supuesto no todos- los problemas a distancia y se conforman y amparan en un sistema, incapaz de cumplir y hacer cumplir propósitos y mandatos de la Carta.

Siendo un problema mundial, los telediarios deberían presentarnos cada día en primicia, gestiones, decisiones o resoluciones del gobierno mundial que deberían ser las Naciones Unidas, denunciando, proponiendo mediaciones posibles, salidas humanitarias a las crisis. ¿Le constan al lector? ¿Conocen alguna empresa que tras sucesivos fracasos mantenga al mismo CEO o director general? ¿Cuánto le dura a un club de futbol, un entrenador que acumule cuatro derrotas consecutivas? ¿No resuelven mediante mociones de censura los partidos en la oposición, sus diferencias con un gobierno constituido?

Si el Secretario General de Naciones Unidas no es capaz de dar respuesta a las crisis actuales, ¿no puede ser sometido a una moción de censura por su Asamblea General? ¿O, por qué, sintiéndose incapaz, por conciencia ética, no dimite?

Como la Iglesia Católica en sus Concilios, una Asamblea General extraordinaria debería poder seleccionar un líder honesto, vocacional, no atado al sistema, ni a las generosísimas retribuciones del cargo, que podría abrir un período constituyente para reformar la Carta. ¿Perdería contribuciones esenciales de ciertos países?    Pues, cuestión de repartir gastos entre los demás y, sobre todo medir con honestidad los costes de la Organización. ¡Mas costosa es una guerra! Incluso, pienso, sería necesario un cambio de sede, como tras la Segunda Guerra Mundial se transfirió la de la Sociedad de Naciones de Ginebra a N.Y. ¿Sería una locura trasladarla al Líbano o al Cuerno de Africa, cerca de los puntos de fricción? ¿Adónde mandaría su CEO, una empresa multinacional en crisis? ¿A la comodidad de un despacho de retaguardia o al frente de su fábrica con más pérdidas?

Asumo críticas. Algún lector opinará que todo podría ser peor. Que las NNUU han evitado una escalada nuclear. Y los expertos en Derecho Internacional precisarán que no se modifica en poco tiempo un documento de tanta importancia como la Carta de San Francisco. Y los que viven en la segura y apacible sede de Nueva York, defenderán a capa y espada su privilegiado estatus, recordándonos la vital importancia de su gestión.

Sinceramente: no veo hoy, otra alternativa.

* Artículo publicado en «La Razón» el jueves 26 de marzo de 2026.»

Sin comentarios

No hay ningún comentario por el momento.

Lo más visto