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Esos miedos que nos atosigan

| Menorca |

Ninguna de las guerras que involucraron a potencias relevantes del mundo empezaron de manera casual, sino como fruto del agravamiento de conflictos preexistentes y con un detonante que hizo saltar por los aires la paz armada que se estaba sosteniendo a duras penas. La primera Guerra Mundial tuvo el disparo de salida el 28 de junio de 1914 con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria por un nacionalista serbio. La segunda, con la irrupción de las tropas alemanas en territorio polaco. A partir de ahí, todos contra todos, se vivieron años de terribles enfrentamientos que llevaron a la muerte de veinte millones de personas entre militares y civiles en el primer conflicto y al dos y medio por ciento de la población mundial en la que tuvo lugar a partir del 1 de septiembre de 1939.

A la vista de lo sucedido en esas dos ocasiones, podría pensarse que los líderes imperiales de nuestros días se comportarían con la prudencia obligada para no poner al planeta en riesgo de aniquilamiento. Pues, no. Tientan la suerte de manera impulsiva y temeraria, confiando cada uno de ellos en una pretendida superioridad, que se impondrían al instante y anularían las capacidades del adversario sin mayores apuros.

Así se ha comportado Putin; así actúa Trump; así procede Netanyahu, provocando daños irreparables, sin calibrar los estragos que provocan a sus enemigos, pero también sin medir los perjuicios que infieren al resto del mundo y sobre todo a su propio país. Esos arrebatos les parecen lícitos y más que justificados. No importan las vidas que siegan ni las desgracias que causan o el porvenir ambicionado, que se desvanece para millones de personas contra toda justicia.

¿Cómo no sentir espanto ante una previsible devastación? La humanidad ha vivido siempre aguijoneada por una serie de males que la acechaban, como difícilmente nos podemos hacer idea. Eran las guerras, por supuesto, pero a ellas había que sumar trabajos insufribles, dolencias insoportables, crímenes, epidemias, abusos, usura, paro, hambre, carestía; terrores, irracionales en muchas ocasiones, pero eficaces para destruir el bienestar a que toda persona tiene derecho. Jean Delumeau explica que «haya o no más sensibilidad ante el miedo en nuestro tiempo, este es un componente mayor de la experiencia humana, a pesar de los esfuerzos intentados para superarlo (…). La necesidad de seguridad es fundamental; está en la base de la afectividad y de la moral humanas. La inseguridad es símbolo de muerte y la seguridad símbolo de la vida» («El miedo en Occidente», 2002). Jean-Paul Sartre es tajante: «Todos los hombres tienen miedo. Todos. El que no tiene miedo no es normal, eso no tiene nada que ver con el valor» («El aplazamiento», 1948).

La Iglesia ha venido adoptando una posición ambivalente en este terreno. Por una parte, ha generado angustia al hacer sentir la gravedad de los pecados, el rigor del Juicio Final y el castigo del infierno que consumirá a los réprobos. Por otra, ofrece la posibilidad del perdón, el efecto de la misericordia y el consuelo que se proporciona a los espíritus más escrupulosos ante ciertas obsesiones. Todo esto se ha balanceado según las épocas y los enfoques, de represión o acogida, a los que predicadores y confesores se inclinaban.

Naturalmente los miedos han atosigado a los humanos en todo momento, sobre todo por el pavor que se siente ante la ineludible llegada de la muerte, una realidad que nos condiciona. Aunque tratemos de ignorarla, la sentimos pegada a nuestro cogote.

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