Prácticamente a diario nos despertamos con la noticia de algún nuevo asentamiento chabolista. Mientras, la Policía Local se dedica a no se sabe muy bien qué en la cárcel antigua, convertida en un foco de basura y conflictividad. Los vecinos que religiosamente pagan hipoteca, alquiler, comunidad de la finca, seguro del hogar, IBI, impuesto de basuras, de circulación y que han convertido su coladuría en un centro profesional de reciclaje… a callar y consentir. Las estadísticas poblacionales no dejan de subir y es a base de gente que viene con una mano delante y otra detrás a buscarse la vida en el inagotable negocio turístico. Dicen que solo uno de cada siete empleados en el sector es mallorquín, lo que no sabemos es cuántos de los que ahora mismo pueblan la Isla lo son, seguramente en un porcentaje similar. ¿Podemos hablar ya de invasión?
Y me incluyo, porque hubo un tiempo en el que Mallorca era una tierra fértil, abierta y barata, donde hacía falta talento y manos para trabajar, especialmente en sectores cualificados: llegamos por miles jueces, médicos, enfermeras, periodistas… La mayoría se están jubilando o nos falta poco. Lo que viene ahora es muy distinto: su imán es el turismo. A medida que el nivel de vida ha ido subiendo al mismo ritmo que caía la calidad de vida, la isla se ha ido transformando a enorme velocidad y para mal. Ya no se le reconoce. Mientras los turistas encuentran cada año la misma playa y el mar transparente y cálido, todo a su alrededor es distinto: más sucio, más caro, más inseguro e infinitamente más masificado. Y lo que es peor y que seguramente ignoran: quienes les sirven malviven en una tienda de campaña debajo de un puente. ¿Dónde está el paraíso?