Probablemente, todos habrán oído hablar de operístico anillo de los Nibelungos y del Señor de los Anillos, y de los anillos de Saturno y quizá hasta del anillo mágico de Carlomagno o la estructura algebraica abstracta del anillo, pero tal vez no hayan reparado en la enorme importancia simbólica, matemática, filosófica y literaria que posee este objeto desde los inicios de la civilización. Y no solo el objeto en sí, de forma circular en referencia a la eternidad, sin principio ni fin, pero que puede llevarse en un dedo, sino la propia palabra anillo. Que siendo una de las más significativas en todos los idiomas, simboliza mucho más de lo que significa. Parece como si los seres humanos, tan pronto se percataron de que tenían manos, y en ellas dedos aptos para cumplir los más raros designios de la mente, enseguida comprendieron que a esos dedos les faltaba algo. Un anillo, desde luego, o incluso varios. De ahí que muchos estudiosos evolutivos estén convencidos de que nuestras manos y dedos crearon el cerebro humano, y no al revés. Y luego ya fue esa mente primitiva la que exigió un anillo, a poder ser mágico, para conmemorarlo. Signo de poder y jerarquía, el anillo es la forma en sí, la forma definitiva. Algo que rodea a algo, le da sentido y determina su destino, como una argolla pero más pequeña y de metal precioso. Normal que de ser una representación del poder pasase pronto a otorgarlo y legitimarlo, y hasta la Iglesia católica, iglesia de los humildes, adoptase pronto los anillos episcopales en el anular derecho, de rubí o zafiro los cardenales y de amatista los obispos, a fin de que los fieles tuviesen algo serio que besar en señal de sometimiento. Ritual que por cierto copiaron los mafiosos. La historia, la física y la literatura están llenas de anillos, que en el caso de los árboles marcan el paso del tiempo, y que aunque también se puedan llevar en la oreja o en la nariz, y si son grandes sirven para colgar cortinas, donde ejercen su sortilegio es en el dedo. Ah, la fascinante estética del anillo. Nos comió el cerebro desde que aprendimos a usar las manos, porque ahí faltaba algo. Una sortija, una alianza, un anillo. Qué cosas tan raras inventamos.
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