«No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho». Lucius Annaeus Seneca.
En esta levedad existencial en la que vivimos los animales racionales, hay frases que incomodan porque no admiten maquillaje ni debate. Una de ellas me ha venido a la cabeza y ha servido como inspiración para este artículo: «Los gusanos no son vegetarianos».
No es elegante, ni poética, incluso podría ser vociferada en una manifestación vegetariana. Pero es insondablemente honesta. La vida, en su infinita indiferencia conclusiva, no distingue entre quien probó la miel del éxito y quien tragó la hiel del fracaso. Ambas, miel y hiel, acaban siendo el mismo manjar para los gusanos. Sin excepciones ni preferencias. Sin embargo, vivimos como si, de forma innata, nos correspondieran.
Nos engañamos edificando diferencias entre vidas «corrientes» y vidas «importantes», entre lo que aparenta valor y lo que realmente lo tiene. Acumulamos desmesura material, experiencias físicas, dinero y relaciones como si todo eso pudiera alterar el inevitable desenlace. Como si el final no fuera el mismo para todos. Y ahí, en esa grieta de la objetividad que evitamos mirar de frente, asoma el irónico abismo.
Basta observar con honradez: millones de personas atraviesan años en trabajos que detestan para sostener una vida que no llena. Son como esas relaciones que continúan por inercia. Como conversaciones que giran en torno a aparentar, hasta que, inevitablemente, regresan a lo único que nos importa y fustiga: lo nuestro.
Hemos construido una existencia hacia fuera, diseñada para ser vista, no para ser vivida. Una costumbre cómoda, casi anestésica, donde elegimos no cuestionar demasiado, olvidando que cuestionar es aprender.
En ese vacío de sentido confundimos tener con ser. Creemos que más equivale a mejor. Pero esa lógica nace con un fallo estructural: nada resiste al tiempo, aunque nos empeñemos en ser Dorian Gray. El tiempo no negocia, no distingue, no espera. Avanza, desgasta y termina por compensarlo todo. Y cuando llega el funesto momento no hay méritos que presentar ni réditos que compensen la desbordante estupidez de quien navegó sin singladura.
En ese instante, natural y obvio, comprendemos que no somos distintos. Aceptar eso no debería hundirnos, sino despertarnos; pues si el destino es común, lo único importante es el trayecto y con quién y cómo lo recorremos. Pero vivimos como si ese camino fuera un mero trámite a rellenar con lo que sea. Como si a lo trascendental hubiera que relegarlo al después: cuando tengamos más, cuando seamos más. Ese momento, sin embargo, nunca termina de llegar.
Confundimos aprovechar el tiempo con llenarlo, y nos perdemos entre agendas saturadas y días encadenados, soportando expectativas ajenas, preocupaciones inútiles, relaciones que no suman y objetivos que no aportan sentido, acumulando así un peso que nos impide vivir de verdad, hasta que finalmente comprendemos que la única manera de habitar la existencia con plenitud exige algo incómodo y profundo: aprender a soltar, renunciar a lo que no nos pertenece, dejar ir lo superfluo y hacer espacio para lo realmente significativo, aquello que llena el espíritu más allá del envoltorio corpóreo.
Lo vemos, casi ridículamente, en lo cotidiano: revisar el móvil, absortos, llenando pequeños vacíos. Al final del día, habremos estado ocupados, pero ausentes. El tiempo ha pasado entre el hábito, pero no ha dejado huella. Eso también es perder, despacio, la vida.
Frente a esa inercia, la levedad no es una idea vaga o imprecisa, sino una forma de vivir. No significa ausencia de responsabilidad, sino de impostura. De falsía.
Elegir con intención. Renunciar sin culpa. Dejar de soportar lo que no aporta; pues son muchos los que evitan mirarse por dentro. Mas, cuando la vida se escapa, descubren, pavorosos, que no han vivido suficiente, solo han transitado. Un cuerpo lleno, pero una vida vacía. Un ataúd lleno de irrelevancia.
Pero los gusanos no son vegetarianos. No juzgan, no distinguen, ni hacen excepciones… Pero nosotros sí podemos elegir. Y quizá ahí esté el sentido de todo. Lo que realmente nos diferencia del animal irracional: la consciencia.
Muchas veces lo vemos tarde. Pero podemos seguir acumulando, o empezar a soltar. Podemos seguir posponiendo, o comenzar a vivir en verdad. Podemos seguir mirando hacia otro lado, o hacer, como el poeta, camino al andar.
Porque, al final, todo cae y se evapora: etiquetas, posesiones, máscaras. Lo que hoy nos define, mañana desaparece. Y lo que queda no es lo que retuvimos, sino lo que dimos; y eso permanece, no en la materia, sino en el espíritu que nos trasciende.
Así, la pregunta no es cuánto tiempo nos queda, sino qué hacemos con el que, inexorable, se nos está yendo. Cabe recordar que no disponemos del dinero gastado, sino del que aún nos queda por gastar. Igual ocurre con la vida: solo tenemos la que nos queda por vivir.
Recordad: los gusanos no hacen distinciones. La diferencia está en cómo llegamos hasta ellos.
¡Yo no pienso dejarles nada!
«Para algunos, la vida es galopar por un camino empedrado de horas, minutos y segundos. Yo, más humilde soy y solo quiero, que la ola que surge del último suspiro de un segundo, me transporte mecido hasta el siguiente». Poema de Santos Isidro Seseña. Versos recitados por Roberto Iniesta Ojeda.