El jueves, mientras el gobierno central catalogaba el monumento de Sa Feixina como un símbolo franquista a eliminar, el Ayuntamiento de Palma lo catalogaba como monumento protegido. Así estamos después de años de exigir su demolición, pero lo peor es que hay una generación de jóvenes que ni siquiera sabe por qué.
El monumento se levantó en 1948, el mismo Franco asistió a su inauguración. Formaba parte de la propaganda del régimen, para exaltar a los soldados marineros del crucero «Baleares», hundido en 1938 en la batalla del Cabo de Palos. Un crucero que había participado en los ataques con bombas a población civil indefensa que huía de Málaga, en lo que se conoce como «La Desbandá».
La cuestión no es solo que el monumento ofenda a las víctimas de la represión franquista, sino, sobre todo, el desconocimiento de nuestra propia historia con el consecuente peligro de repetirla. Cuando los defensores del monumento catalogan a quienes quieren su derribo de «guerracivilistas» mienten, porque en la España del 36 no hubo ninguna guerra civil, hubo un golpe de estado cruento contra un gobierno legítimo, seguido de una represión que respondía a la tesis doctoral de Franco: el exterminio en retaguardia.
Pero si ese monumento está hoy en pie es solo porque una supuesta «izquierda» optó por quitarle los símbolos menores y mantenerlo, y ahí sigue 20 años después. Eso también forma parte de la historia que no podemos desconocer y simboliza muy bien la claudicación que fue la transición.