Hace unos días estuve leyendo un artículo bastante largo y denso sobre inteligencia artificial. Casi todo el mundo afirma que cambiará nuestras vidas para mejor. Pero los que somos unos auténticos ineptos tecnológicos no lo venos tan claro. Y, además, ¿cómo puede existir una inteligencia que lo sepa absolutamente todo? Pues por lo visto existirá. Ahora todavía está en pañales y comete errores. Yo misma le insté a hablarme en catalán y ella, tan campante, me dijo que todavía no sabe este idioma. Pues vamos mal, pensé educadamente. Bueno, debo reconocer que le dije algo así como: «Me parece que no eres tan inteligente como te crees». Pero ni se inmutó. Hace unos días, una amiga me contó que, buscando títulos de novelas, se encontró con una extraña información: le dijo que yo soy la autora de un libro «muy emotivo y profundo» titulado «Tan poca vida». En él -seguía- «la autora explora temas como la enfermedad, la muerte y la reflexión sobre la vida». Y le preguntaba: «¿Te gustó la forma en que la autora abordó estos temas?».
Busqué información sobre la verdadera escritora, la americana Hanya Yianagigara. A lo mejor es que la IA tuvo un mal día y por eso se confundió tanto. Hasta la persona más sabia del mundo tiene de vez en cuando un desliz. Pero volviendo al artículo al que me refería al principio, me pareció muy acertada una de sus reflexiones: «Acerca de la IA no hace falta saberlo todo, pero sí estar dispuesto a aprenderlo». Y es precisamente en este punto donde veo el problema más grave. No somos pocos los que no tenemos la más mínima disposición. Es más: nos importa un pito. Tal vez esta desidia nos pasará factura algún día. Ya se verá. A lo mejor le haría caso si fuera capaz de resolver ciertos misterios, como el de dónde estuvo Mazón el día de la dana, por ejemplo. Entonces, sí.