En su última novela, «El jardinero y la muerte», Gueorgui Gospodínov nos habla de la muerte por cáncer de su padre. Cuando el padre vivía, se pasaba muchas horas cuidando su jardín, en silencio, con una entrega que su hijo tardó años en entender. Gospodínov imagina que aquello era la manera que el padre tenía de demostrar amor. Para los hombres búlgaros de su generación, era impensable la utilización de expresiones afectuosas como «te quiero», «pienso en ti» o «te echo de menos».
Joachim Trier también sabe de esa dificultad. «Valor sentimental», reciente ganadora del Oscar a la mejor película internacional, cuenta la historia de un director de cine noruego y sus dos hijas, de lo difícil que es lidiar con los sentimientos, con las palabras, cuando no se trata de una ficción. Ambas obras me han dejado blando, con ganas de reivindicar ese papel para Europa. No hay explosiones en ellas, ni personas con superpoderes, ni persecuciones adrenalínicas. Ni yo ni el algoritmo sabíamos que estas obras eran las que necesitaba en estos precisos instantes. Pero así era. Gospodínov y Trier, los dos en la cincuentena, tienen la sabiduría y el valor de contarle al mundo algo pequeño y verdadero. Está bien que se les premie por eso.