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Me molesta tu camisa verde

| Menorca |

Te compraste una camisa verde porque te gustó. Lo que no te planteaste es que no debías ponértela si a otras personas no les gustaba. Porque tu osadía podía ofender a alguien a quien el color de la esperanza le repugna. Y tendrías que atenerte a las consecuencias por tu atrevimiento; quién iba a saber que un color podía ser peligroso para tu integridad física. No obligas a nadie a que te mire, pero da igual, tu simple presencia molesta. A quién se le ocurre ponerse una camisa verde.

Hay violencias que no nacen del conflicto, sino de la ficción. No de un daño real, sino de un daño subjetivo e imaginado, incubado en la mirada que no tolera lo distinto. La reciente agresión a una mujer trans no es un hecho aislado, ni un arrebato inexplicable: es la consecuencia de una construcción íntima y peligrosa en la que la identidad ajena se percibe como una amenaza propia. Como si la libertad del otro erosionara la consistencia del que observa. Hace un par de días conocíamos un episodio de insultos homófobos a un docente de un instituto de Mallorca. Otra expresión de odio.

El rechazo a las personas Lgtbi, o de otra raza, o con otra religión, o pobres, o mujeres, o cualquier otro colectivo o persona sobre el que se ejerza discriminación se cultiva en la irracionalidad, porque lo que no causa perjuicio objetivo alguno es interpretado como una ofensa intolerable. La mera existencia del otro se convierte en provocación. No hay agravio, pero se invoca; no hay ataque, pero se responde con violencia.

Admitir la diversidad exige una tarea racional, lo que a algunos es pedirles demasiado. Hay seres que actúan con exacerbada prepotencia al creerse superiores, demostrando una bajeza moral suprema. No aceptan que no todo el mundo es igual que ellos y que incluso otros pueden ser mejores. Y entonces, ante su propia estulticia, actúan con hostilidad.

No entienden que la convivencia no se edifica sobre la uniformidad, sino sobre el reconocimiento. Nadie pierde porque otro viva con sus planteamientos inofensivos. Nadie es menos porque otro se nombre de otra manera, ame de otro modo o habite su cuerpo desde una identidad distinta.

La violencia, sin embargo, nunca es abstracta. Tiene cuerpo, tiene consecuencias, deja heridas. Y cuando se ejerce contra quien simplemente existe fuera de la norma, lo que se quiebra no es solo la integridad de una persona, sino el pacto mínimo que sostiene una sociedad digna.

Tal vez convendría invertir la pregunta: no qué amenaza representa quien es distinto, sino qué inseguridad anida en quien necesita convertir esa diferencia en enemigo. Porque mientras lo imaginario siga legitimando la violencia real, seguiremos confundiendo libertad con provocación y diversidad con peligro. Y en ese error persistente, lo que está en juego no es la identidad de unos pocos, sino la humanidad de todos. Precisamente porque somos policromáticos.

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