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análisis sobre la democracia

Manual para entender el fascismo (según quienes se consideran los buenos)

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Uno de los mecanismos más inquietantes del fascismo —y de ciertas derechas que lo evocan con simpatía histórica— es su extraordinaria capacidad para reducir la complejidad del mundo. Allí donde la realidad exige matices, conflicto y pensamiento, introduce una lógica brutalmente simple: la división entre los buenos y los malos. No hacen falta argumentos elaborados ni programas políticos consistentes; basta con esa fórmula primaria, emocionalmente eficaz, que convierte la incertidumbre en certeza y el miedo en identidad.

En ese relato tan cómodo, los buenos serían los patriotas de toda la vida: defensores del orden, de las tradiciones, de la patria y, si es posible, también de los privilegios heredados. Para conocer mejor a los que se consideran los buenos, pueden observar los comportamientos de Trump, Netanyahu, Milei, Ayuso, Tellado, Aznar, Feijóo, Abascal y todos esos que beben y viven de las cloacas, y de paso todo el facherío que corre por este país.

Los malos, en cambio, serían todos aquellos que un día pensaron que el Estado podía modernizarse y que los ciudadanos podían tener derechos sociales, laborales, culturales, civiles y el poder de decisión.

Por ejemplo, durante la Segunda República española hubo quien cometió la imprudencia de proponer cosas peligrosísimas: educación pública, igualdad ante la ley, derechos laborales, el divorcio, cierta autonomía regional y hasta la extravagante idea de que el Estado no debía estar dirigido espiritualmente por la Iglesia. Como era de esperar, semejante exceso de modernidad despertó el pánico en algunos sectores muy amantes del orden.

Así fue como los buenos —siempre según su propio relato— encontraron aliados muy respetables: Hitler, Mussolini, de sectores ultras del ejército, grandes terratenientes, poderosos intereses económicos y una parte influyente de la jerarquía eclesiástica que ofrecía bendiciones y legitimidad moral a la causa. Nada une más que la defensa compartida del orden… especialmente cuando ese orden garantiza conservar el poder.

Desde el mismo momento en que se proclamó la República, muchos de esos guardianes del bien comenzaron a movilizarse para impedir que aquel experimento democrático llegara demasiado lejos. Porque una cosa es tolerar elecciones, y otra muy distinta aceptar que la gente vote cosas que cambian el reparto del poder.

Algunos episodios de la época ayudan a entender el ambiente. El cardenal Pedro Segura, por ejemplo, publicó en mayo de 1931 una pastoral que atacaba con entusiasmo a la República y defendía con fervor al monarca depuesto. Nada sorprendente: la República amenazaba con separar Iglesia y Estado, una medida que para ciertos sectores era casi tan peligrosa como inventar la electricidad.

Pero volvamos a la cuestión principal: si ellos son los buenos, ¿quiénes son entonces los malos? No tengo ningún problema en estar incluido en esa lista, que es amplia y bastante diversa: mujeres que reclaman derechos, jóvenes que exigen educación, trabajadores que piden salarios dignos, ciudadanos que defienden la igualdad ante la ley, la educación pública, el laicismo, el acceso a la vivienda o la protección del territorio. En ese supuesto bando oscuro también suelen figurar artistas, profesores, científicos y, en general, cualquiera que tenga la extraña costumbre de hacer preguntas.

En resumen, los malos somos muchos. Prácticamente todos los que pensamos que la democracia sirve para mejorar la vida de las personas y no solo para decorar discursos patrióticos.

Así que, visto lo visto, quizá haya que asumirlo con cierta tranquilidad: si defender la igualdad, la libertad y la justicia social nos coloca en el bando de los malos, entonces somos una multitud bastante numerosa y, además, sorprendentemente diversa.

Y quién sabe: tal vez el verdadero problema no sea que haya demasiados malos… sino que algunos llevan demasiado tiempo empeñados en proclamarse los únicos buenos de la historia.

En los momentos que vivimos, tengo muy presente lo que Tony Judt nos dice: «Como ciudadanos de una sociedad libre, tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento. Como sentencia la famosa frase, hasta ahora los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas formas; de lo que se trata es de transformarlo».

Tengo muchas dudas; aún no logro decidir si esta democracia en la que vivimos es, en el fondo, una trampa bien disfrazada o un sofisticado mecanismo que concentra un enorme poder bajo el amparo de la legalidad.

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