La Semana Santa acaba de pasar, y con ella uno de esos momentos del año en que nuestro país se reconoce a sí mismo en sus tradiciones. Desde Sevilla hasta Valladolid, desde Málaga hasta Zamora –pasando por les Illes Balears--, las procesiones han vuelto a llenar las calles de imágenes, rostros desencajados, tambores, capirotes, cadenas, cirios y silencios. Cofradías centenarias han sacado a hombros pasos de una belleza sobrecogedora: cristos y vírgenes temblorosos que son arte, memoria colectiva y algo en que creer. Cada cual con su manera de entender la fe; a veces, no más que una forma de agarrarse a un clavo ardiendo en medio de la desolación con que la vida sabe herirnos. Ahí están la Madrugá sevillana, la sobriedad castellana, el fervor popular andaluz y, en nuestras islas, una religiosidad más recogida, de calles estrechas y pasos silenciosos, donde el ritual se vive casi en voz baja, roto apenas por el raga-raga de las carracas.
Pero hoy, además de mirar al pasado, tendemos a examinar el calendario. La Semana Santa se ha convertido en un tiempo de descanso, de viajes, de primeras escapadas al mar o a la montaña, como un anticipo del verano. No sabemos hasta qué punto este año, con las tensiones internacionales y las guerras que inquietan la economía europea, habrá condicionado ese impulso. Pero lo cierto es que, para muchos, estos días han dejado de ser de recogimiento para ser de desconexión. Y, sin embargo, no hace tanto que la Semana Santa era gris. Imágenes cubiertas en las iglesias. Sermones espeluznantes centrados en el pecado y la condenación eterna.
Ejercicios espirituales donde se describía con crudeza la muerte y el juicio. Antes morir que pecar, la consigna de Santo Domingo Savio. ¿Dónde ha quedado el pecado? ¿Qué ha sido de la penitencia? Tal vez hemos sustituido aquellas certezas por otras creencias más difusas: la confianza en la ciencia, la búsqueda del bienestar, el derecho a disfrutar, la persecución de una felicidad que parece siempre un poco más allá, porque quien mucho desea cuando lo tiene piensa ya en otra cosa que nunca tiene. Más allá de la fe de cada cual, la Semana Santa recordaba algo esencial: la fragilidad humana, la certeza de la muerte, la igualdad final. Allegados son iguales los que viven por sus manos y los ricos, o lo que es lo mismo, dentro de cien años, todos calvos. Calvos los señores de la guerra –los insaciables, los que ambicionan más tierra, más petróleo– y los que mueren bajo los escombros.