Mi padre llegaba a casa con cosas que nadie entendía. Un día fue una tarjeta de plástico de un banco que ya no existe, Banca Catalana. La puso encima del mantel, entre los vasos de la cena, y dijo: «Esto va a cambiar las reglas». Mi madre le dio la vuelta dos veces, como buscándole el truco. Otro día trajo una palabra: «ecu». Yo tenía seis años y pensé que hablaba de monedas de piratas. Era lo que luego se llamó euro.
Lo que había sobre aquella mesa no era solo plástico. Era la idea de que el dinero no necesitaba ser algo que se toca. Que podía ser una promesa entre máquinas. A principios de los ochenta eso sonaba a ciencia ficción. Ya no.
La tarjeta se comió el efectivo. De la peseta ya ni nos acordamos. Bancos que parecían catedrales, como Banesto, se vinieron abajo. Y empresas como Amazon o Google acabaron siendo más grandes que cualquier banco. Mi padre no vio la continuación. Pero aquella noche, con la tarjeta sobre el mantel, ya lo sabía. También escribía aquí. En estas mismas páginas, hace ya muchos años.
Pues ahora está pasando otra vez.
Inteligencia artificial. Bitcoin. Blockchain. Contratos inteligentes. Palabras raras, como sonaba el ecu en aquella mesa. Y sí, a mí también me gustaba más lo de las monedas de piratas.
Pero están aquí. Y se está empezando a notar.
¿Sabía usted que, según el Banco Mundial, uno de cada cinco adultos en el planeta no tiene cuenta bancaria? Gente que guarda lo que gana en un cajón porque ningún banco les abre la puerta. ¿Que en Buenos Aires el peso argentino perdió más de la mitad de su valor en un solo día, y los ahorros de veinte años dejaron de alcanzar para un mes?
¿Ha enviado dinero al extranjero alguna vez? Pasa por dos o tres bancos intermediarios, tarda días en llegar, y cada uno descuenta su comisión sin avisarle. ¿Y cuando reclama un seguro? El proceso puede alargarse meses — y uno de cada siete siniestros es rechazado inicialmente.
No son fallos del sistema. Son el sistema.
En Kenia, una compañía de teléfonos llamada Safaricom hizo lo que sesenta años de banca no consiguieron. En 2007 lanzó un servicio para enviar dinero con un SMS. Hoy lo usan setenta millones de personas. Y ya existen monedas digitales con reglas que nadie puede cambiar a mitad de partida. Para una familia en Buenos Aires, eso ya no es teoría.
En un pueblo cerca de aquí, un payés cobra un seguro de sequía sin llamar a nadie. Un sensor mide la lluvia. Un programa verifica que no ha llovido lo suficiente. El dinero aparece en su cuenta. Sin perito ni formularios. Sin espera.
Las condiciones estaban acordadas, visibles para todos, y se cumplieron solas. Como un apretón de manos.
Un abuelo llama a su banco, le ponen en espera. Con la musiquita. Le cobran comisión por hacer una transferencia. Apenas le pagan intereses. Su nieta de diecinueve años la hace desde el sofá. Gratis. En segundos. Los dos usan un móvil. Viven en la misma casa. No viven en el mismo mundo.
La tecnología sigue cambiando las reglas. Lo hace sin pedir permiso. Aquella tarjeta de plástico tardó décadas en llegar a los bolsillos. Lo que viene lo hará más rápido.
Yo iré dejando piezas en la mesa. Algunas sonarán raro. Usted decide qué hace con ellas.
Bienvenido a El Faro.