Últimamente se han disparatado las afirmaciones de que todo fenómeno es el más -alto, caluroso, lluvioso, copioso o exagerado- desde que existen los registros. No es tan alarmante como parece. El baile de las cifras resulta un asunto de lo más normal en un mundo donde tres de cada seis casos apuntan a un incremento del diez por ciento del crecimiento sobre el aumento porcentual del vaya usted a saber qué. ¿Acaso no se han percatado de que en el máximo punto de recaudación fiscal en nuestro país vivimos al día y no tenemos presupuestos? Pues eso. El problema de la información que recibimos no tiene nada que ver con la veracidad de sus datos y fuentes. Simplemente sucede que su naturaleza, dados sus orígenes, es fraudulenta. Nos hemos acostumbrado a recibir la interpretación sesgada de unos datos incomprensibles, yendo al meollo de las medidas que a alguien le viene bien tomar, cabeceando afirmativamente ante unas cifras que no hemos entendido ni por asomo. No, no nos toman por niños a los que engañar, nos toman por el pito del sereno: que es peor.
Habrá que revisar nuestros registros. Porque no deja de resultar casual que se hayan disparado precisamente desde que decidimos gobernarnos al toque de corneta del combate a las emergencias. Cualquier evento -natural, social o político, nacional o internacional- sometido a los incomprensibles análisis de datos de nuestros jerarcas, conlleva la aplicación de un decreto ómnibus donde la parte del león corresponde a los avales de unos préstamos que nadie en su sano juicio debería solicitar y el meollo corresponde a una casi invisible disposición adicional con la que se liquidan las deudas contraídas con algún nacionalismo de andar por casa.
Ya acostumbrados a decir que sí, decimos que sí a todo. Hoy por la mañana escucho en la radio que los incidentes en la Iglesia del Santo Sepulcro son los primeros registrados en los últimos setecientos años. ¡Anda que no! ¡Que vivan los registros! ¡Que por el número de años no quede! Por lo visto hay que retrotraerse a los Tancredos, Bohemundos y Balduinos de las cruzadas para encontrar follones en Tierra Santa. Y a esto, lo siento por los memorialistas y las víctimas de sus propios recuerdos, les digo yo que no.
En otra pascua, la de 1846, la cuestión de la precedencia entre la celebración de la misa católica y la ortodoxa del Domingo de Ramos, a celebrar en esta misma Basílica del Santo Sepulcro, provocó unos tumultos, comenzados a puñetazos y continuados a golpes de crucifijo, que costaron nada menos que cuarenta muertos. La responsabilidad sobre la «desaparición» de la estrella de plata de la Gruta de la Natividad al año siguiente no colaboró precisamente a dulcificar la situación. Las autoridades otomanas tuvieron que clausurar todas las iglesias de peregrinación y enfrentar las reclamaciones de Francia y Rusia, protectoras respectivas de los fieles de ambas creencias. El asunto no quedo ahí. Francia trató de convertirse en protector único de todos los fieles en tierra santa. Rusia envió un embajador a Constantinopla con el mismo propósito. El tira y afloja acabo por convertirse en la Guerra de Crimea (1853-1856) con Inglaterra, Turquía, Cerdeña y Francia en un lado contra Rusia en el otro. ¡Una sorprendente coincidencia geográfica con los actuales Israel y Ucrania, desde luego! La cuestión se saldó con toda una reforma en el tablero geopolítico de Europa y con un retorno a la situación inmediatamente anterior en las cuestiones de llaves, precedencias y mantenimiento de los Santos Lugares. Tendremos todos los registros que queramos, pero la única certeza que acabará por quedarnos es la de «no hay nada nuevo bajo el sol».