El pasado martes escribí sobre juegos y entretenimientos en tiempos de infancia, al leerlo en el diario MENORCA, pensé en los lectores, probablemente se extrañarían que finalizara explicando que, a pesar de mi corta edad, acudiera junto a otras niñas a las consabidas vigilias del Jueves Santo a Jesucristo en la capilla de ses monges carmelitas. Debo confesar que si bien no era un juego, ni mucho menos, todo lo contrario, iba dejando atrás los entretenimientos infantiles entrando en el mundo de las niñas mayores.
Ha pasado la semana Santa, días de gratos recuerdos de aventuras y nuevas vivencias en la época de calcetines cortos, hacer punta a los típicos caramelos largos envueltos en papel dorado o plateado. Era una xalada averiguar cuál de las niñas de la placeta de San Roque y sus aledaños lograba conseguir la anhelada punta mas afilada, sin duda era un auténtico logro a no ser que se tuviera un percance, rompiéndose con el consiguiente disgusto. Inclusive lágrimas, venía a ser un auténtico disgusto.
Las personas mayores siempre al tanto del cuidado de los más pequeños, se ponían las manos a la cabeza al observar la cantidad de azúcar que se consumía, entre largos y pequeños, de los cuales solían caber un buen raig en el bolsillo, incluso sin envolver eran muy apreciados por todos, dejando auténtico sabor de fresa, menta para la tos, miel... no me olvido de los lila, llamados violetas. Sabían tal cual. Confesar que los que no iban envueltos, dejaban un desagradable mosto pegado en la ropa.
El domingo de Ramos, antes de ir a misa y bendecir los ramos y palmas, algunos recogían la sabrosa recolección de caramelos que habían crecido en macetas o parterres de sus hogares o familiares. Los había de todos los tamaños y papeles de mil colores que los envolvían. La curiosidad había sido su florecimiento. A partir de los días anteriores, los mayores los abonaban con azúcar siendo regados con agua. Llegando a recoger importantes anyades.
Al ir de paseo por nuestro Mahón, era obligado pararse ante los prestigiosos escaparates para observar la cantidad de golosinas con formas divertidas que atraían a la prole infantil. Jamás olvidé la pastelería Adrián, la cual mostró expuesta la primera Mona de pasqua a finales de 1950 siendo un revuelo para los mahoneses, acostumbrados en tales fechas a saborear nuestras riquísimas tartas de almendra.
De disponer de papel ofrecería el resto de pastelerías, todas ellas dignas de ser citadas por sus especialidades.
Mahón siempre fue cuna de grandes pasteleros.