Sábado Santo de urgencias veterinarias. En la sala de espera, ojos asustados, hocicos temblorosos, colas entre las patas y algún débil gemido o maullido, mientras los diagnósticos, solo inteligibles para los humanos, resuenan: pancreatitis, leishmaniasis reactivada, un corazón débil o esa receta que no puede esperar aunque sea festivo. Porque sí, aparte de malnacidos que abandonan en parques salchichas con agujas –no se puede ser más canalla–, hay una gran mayoría de personas que quiere y cuida a sus mascotas, mucho antes de que lo mandara una ley, y se gastan muchísimo dinero en su asistencia sanitaria. En este país acudir al veterinario se cobra como un lujo. En 2012, en plena crisis económica, el gobierno de Rajoy subió del 8 al 21 por ciento el IVA de los servicios veterinarios, 13 puntos porcentuales de golpe. Aplicar una vacuna o darles un tratamiento que pueda salvarles la vida se grava y bien; es el mismo tipo impositivo que tienen el alcohol, el tabaco, o las bebidas azucaradas. No se considera un gasto de primera necesidad, aunque sí lo es, se trata de salud, la de los animales de compañía y la nuestra, porque están en casa, son uno más.
Han pasado 14 años desde que se elevó el IVA veterinario y ya no se habla de rebajarlo al 10 por ciento, aunque fue un acuerdo del Congreso y una promesa del actual gobierno, pero no hay Presupuestos Generales del Estado, aunque en las cuentas que le han tumbado hasta ahora al ejecutivo socialista tampoco se contempló esa reclamación. El compromiso se esfumó.
Mientras tanto algunas comunidades autónomas por primera vez implementan para la campaña de la renta que comienza este día 8 una deducción por la factura veterinaria. Son Andalucía y Murcia, que permitirán desgravarse el 30 por ciento de los gastos hasta un máximo de cien euros. Aunque eso apenas cubra una radiografía y una consulta, es un comienzo. En Balears habrá que seguir esperando.