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Tribuna

La fugacidad de la belleza

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Dice Ocean Vuong en su novela En la tierra somos fugazmente grandiosos que la flor alcanza el esplendor de su belleza poco antes de que sus pétalos se marchiten y caigan al suelo, que ha pasado la mayor parte de su vida encerrada en sí misma, creciendo invisible para los demás hasta que, invitada por el ciclo de la vida, abre uno a uno todos sus pétalos para regalar la esplendorosa belleza de su color y su fragancia al viento o a cuantos insectos se acerquen a ella para tomar su polen y llevarlo al estigma de otra flor de la que nacerá una nueva vida. Las mariposas, sus hermanas, también saben lo que es pasar la mayor parte de sus vidas ocultas para, solo al final y no por mucho tiempo, salir de la crisálida, desplegar toda la belleza de sus alas y volar libres. Ambas, flores y mariposas, comparten que la mayor parte de sus vidas sea oscura y casi invisible para que, llegado ese momento que han esperado durante tanto tiempo, desplieguen su belleza para transmitir la vida y, pocas semanas, a veces sólo días, más tarde mueran. Han dedicado la mayor parte de sus vidas a alcanzar el esplendor de su efímera belleza, y lo han hecho en soledad, a oscuras, protegidas de cualquier amenaza o distracción que pudiera apartarlas de su destino compartido: el milagro de dar vida.       

Desde nuestra pobre visión egoísta y antropocéntrica puede parecernos un sinsentido dedicar tantos esfuerzos para tan escaso disfrute. Mal negocio. Nuestra forma de entender la vida no admite una relación coste/beneficio tan desproporcionada. No en vano nuestra especie alcanza la plenitud de su belleza en etapas tempranas, dura mucho más que las de las especies inferiores y, gracias a haber domado la ciencia, hemos alargado la duración de la etapa de nuestra existencia en la que, perdida la capacidad de generar nuevas vidas, retrasamos la proximidad de nuestra propia muerte. Una flor no se pregunta si es una flor, sabe que lo es y con eso le basta. Una mariposa no se angustia por la proximidad de la muerte, su instinto le dice que forma parte de la vida y que, tras ella, vendrán otras a las que seguirán otras más como han venido haciendo desde hace millones de años. Quizá sólo sabios y poetas están hoy a salvo de esa plaga que asola a nuestra especie, esa plaga que nos hace temer perder la juventud, negar la vejez e ignorar la inevitabilidad de la muerte, esa plaga de estulticia y vano entretenimiento que nos ciega y nos impide ver esa otra belleza que los años y el sufrimiento han hecho crecer en nuestro interior.

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