A pesar de mi vivo interés por lo que pasa en el mundo, especialmente con esta guerra «Trumpeterna», me resulta imposible conocer a ciencia cierta el meollo de la cuestión. Cuantos más fuentes de información busco, más puntos de vista encuentro; mentiras gordas y pequeñas, verdades a medias, verdades completas pero incomprobables con mis escasísimos medios.
De todas formas albergo algunas convicciones, que sin llegar a ser certezas, tengo por razonables:
La principal a los efectos de este artículo es que la guerra obedece a intereses que no son los nuestros; que la gente a la que sí conviene carece de escrúpulos y puede que además sea torpe y canalla.
En este sentido pienso que Sánchez ha acertado plenamente al desmarcarse de Trump. Es peligroso enfurecer al primo de Zumosol, pero a veces hay que hacerlo y enfrentar las consecuencias, si uno valora su dignidad.
Lo que sucede es que el hecho de que yo opine que es correcto oponerse a Trump y Netanyahu no me aporta beneficio alguno (solo sigo a mi conciencia, que me dice que estos tipos son chungos y muy peligrosos). En cambio a Sánchez le proporciona un respiro en su infatigable lucha por permanecer en el poder. Su gesto le dará votos, atraerá simpatías, y ese es el motivo, me atrevo a asegurar (y no otro), de su postura.
Sánchez, al igual que el belicoso abusón, va a lo suyo; no le importa un pito ni su país, ni sus habitantes ni sus socios, ni sus sumisos ministros o sus vendidos voceros.
Esto es obviamente una valoración subjetiva. Hay quien piensa que es un tipo excelente. Pero yo me baso en sus actos para sacar mis conclusiones, no en sus palabras, consistentes en promesas incumplidas (comoTrump).
Si el americano prometió paz y trajo guerras, Sánchez prometió viviendas: vean la hemeroteca; cada legislatura (desde hace muchas) asegura que ese año será el de la construcción de miles de ellas, mientras deja crecer el problema, culpando al empedrado.
Prometió acabar con la corrupción y va a conseguir aventajar en ese capítulo al PP, lo que no es logro fácil.
No se si Trump pagará electoralmente por su monumental cagada, pero intuyo que Sánchez durará en el gobierno más que Franco, porque aprovecha cada ventana de oportunidad para apartar del foco sus miserias (que son muchas) mientras sus votantes son incapaces de pasar el algodón para ver el engaño.
Hace unos días charlaba con un allegado (muy querido para mí, que conste por si lee estas líneas) y me planteó lo absurdo que encontraba que un trabajador votase a Ayuso. Yo, que encuentro tan llamativo eso como que un vallecano vote a Podemos, lo expresé tal cual. Me contestó mi interlocutor que un comunista es muy dueño de tener un chalet si no lo ha robado. Confesé que yo estaba perfectamente de acuerdo con eso: nada tengo en contra de la propiedad privada y la riqueza conseguidas por medios lícitos. Aclaré entonces que lo que me chirriaba de manera indisimulable es que Pablo Iglesias había prometido que siempre residiría en su barrio de Vallecas y que quienes vivían en chalets eran una casta que él despreciaba y que todos deberíamos despreciar; que en ese sentido había traicionado su ideología, y por ello, si yo fuera admirador o votante de ese sujeto tan maleable dejaría de admirarle y por supuesto de votarle.
La contestación de mi antagonista me dejó atónito: «Bueno, yo eso no lo sé», dijo refiriéndose al dato de hemeroteca que le ofrecí, y por tanto deshabilitando esa circunstancia como fuente aceptable de debate.
Es curioso que para conocer las palabras de Iglesias en ese sentido baste con teclear en Google «opiniones de Iglesias sobre vivir en chalets», pero, por lo que sea, ese gesto no se llega a realizar.
A menos que el suegro de Sánchez, su esposa, su hermano compositor o sus colegas del Peugeot sean todos creados por IA, cualquiera que quiera saber lo que pasa con ellos puede hacerlo con enorme facilidad, pero prefieren decir «bueno, eso no se sabe».
Yo sí lo sé. Y a la espera de que la justicia diga si son legales o ilegales las circunstancias que rodean al amañaurnas resiliente, no me cabe duda alguna de que son bochornosas.