Hay costumbres que repetimos con una precisión casi coreográfica, como si en ellas se jugara algo importante, aunque no sepamos muy bien qué. No han desaparecido. No han sido sustituidas. Siguen ahí, atravesando generaciones, pero cada vez más desligadas de su sentido original.
Eso es, precisamente, lo que plantea «La desaparición de los rituales». Para Byung-Chul Han, no es que hayamos dejado de hacer rituales, sino que hemos dejado de comprenderlos. Los seguimos ejecutando, el gesto permanece, pero el significado se diluye.
Pensemos en algo tan cotidiano como las doce uvas de Nochevieja. En España, millones de personas se sincronizan con las campanadas, como si fuera un acto cargado de tradición ancestral. Pero su origen es mucho más prosaico: a principios del siglo XX, una sobreproducción de uva —especialmente en Levante— llevó a popularizar esta práctica como estrategia comercial. Lo que empezó como una solución puntual terminó consolidándose como ritual colectivo. Hoy lo repetimos con solemnidad, aunque pocos recuerden porqué.
Algo similar ocurre con el abrazo al saludarse. Lo vivimos como un gesto natural, casi instintivo, pero tiene raíces profundas: en muchas culturas, el contacto físico al encontrarse servía para demostrar que no se portaban armas, que el otro no era una amenaza. Era un acto de confianza, de verificación, incluso de vulnerabilidad compartida. Hoy seguimos abrazándonos, pero ya no pensamos en esa dimensión. El gesto ha sobrevivido; su intención original, no necesariamente.
Y luego está el capirote del nazareno, que hemos visto estos días avanzar en las procesiones de Semana Santa. Alto, puntiagudo, inconfundible. Forma parte del paisaje hasta el punto de parecer incuestionable. Pero su historia es todo menos neutra y su significado religioso es, o debería de serlo, profundo, íntimo y trascendental.
En la España de la inquisición, la coroza —antecesora del capirote— era un elemento de castigo: señalaba públicamente al condenado, lo exponía, lo convertía en objeto de juicio colectivo. Siglos después, ese mismo objeto se resignifica dentro de la tradición religiosa y pasa a representar lo contrario: anonimato, recogimiento, una forma de borrar el yo para centrarse en lo espiritual. Pero hoy, para muchos, esa transformación tampoco está del todo presente. El capirote se ha convertido, simplemente, en un elemento más de la procesión.
Y ahí aparece la paradoja que señala Han: los rituales no desaparecen de golpe, se vacían de contenido lentamente. Siguen organizando eventos —la Nochevieja, la Semana Santa—y siguen estructurando los encuentros —el saludo, el abrazo—, pero la mayoría de las veces no transmiten el sentido que los originó.
No es que hayamos olvidado un dato histórico concreto. Es algo más profundo: hemos dejado de preguntarnos por el significado de lo que hacemos.
Y cuando dejamos de preguntarnos, los gestos siguen, pero ya no nos dicen nada.