Hay cosas a las que uno no debería acostumbrarse y, sin embargo, pasa. Pasa cuando en invierno das dos vueltas buscando un restaurante donde cenar con tus amigos y acabas en el mismo de siempre. Pasa cuando ves un cartel de «se vende» en la fachada de una casa y ya ni te molestas en mirar el precio. Porque ya lo sabes. Te has acostumbrado. A que haya más restaurantes que nunca en Menorca, pero menos vida. A que las licencias para abrir locales crezcan mientas las persianas bajan durante medio año. A que la Isla funcione a pleno rendimiento cuando llega gente de fuera y se quede en pausa el resto del tiempo mientras escuchas que no sale a cuenta, que en invierno no hay gente, que siempre ha sido así… Aunque no lo haya sido. Porque tú vives en este pequeño trozo de la Tierra todo el año, trabajas… y te sientes invitado en tu propia casa. Una sensación que crece poco a poco. Cuando no encuentras restaurante abierto en febrero, pero tampoco mesa en agosto. Cuando ves que los nuevos pisos no están pensados para ti. Los últimos, en Fornells, a partir de 450.000 euros. Mientras tus vecinos se van del pueblo, los de siempre... Y ya no te sorprende.
Apenas un comentario, un gesto de resignación y a seguir adelante. Como si fuera inevitable que una parte importante de la población quede fuera del mercado... Así que te acostumbras a ir al mismo bar de siempre, quizás organizas un plan para salir de la cotidianidad y vas al cine o visitas la exposición de una galería que acaba de abrir. Antes de ir a dormir, revisas la oferta de vivienda por si hay alguna ganga entre precios desorbitados. Pero entonces te descubres diciendo esa frase que te parece inaceptable. «Es lo que hay». Y ahí te das cuenta de que, quizás, el problema ya no es solo el modelo, ni la estacionalidad, ni los precios. El problema es haberse acostumbrado.