Hay días en los que sabes que te vas a meter en un berenjenal sin que nadie te lo haya pedido y que lo más probable es que te lluevan más críticas que halagos, pero sientes que tienes que hacerlo, que tienes que aportar tu punto de vista y que cada uno decida si está de acuerdo o no.
Estas últimas semanas, y a raíz de la noticia de que un instituto de Menorca ha tomado la decisión de reducir el uso de los Chromebooks en la enseñanza, ha intensificado el debate del uso de la tecnología en la educación. Existen grandes defensores de la tecnología que destacan su capacidad para facilitar el acceso inmediato a la información, adaptar el aprendizaje al ritmo de cada alumno y desarrollar competencias digitales clave para un mundo hiperconectado. Pero también grandes detractores, que alertan sobre las distracciones que pueden provocar en los alumnos, la posible pérdida de habilidades básicas como la escritura o pensamiento crítico, así como la gran cantidad de horas que pasan delante de las pantallas.
Antes de desarrollar mi opinión al respecto, me gustaría definir tres premisas sobre las que voy a basarme, sobre todo enfocados en los dispositivos móviles:
- Los móviles no generan adicción
- Los adolescentes no están enganchados al móvil
- El retrasar la adquisición del móvil hasta los 16 años, no es la solución
Antes de ser condenado y ejecutado en la hoguera por semejantes provocaciones, déjenme explicar en detalle cada uno de los tres puntos.
Los móviles no generan adicción:
Si a un móvil le desinstalamos todas sus redes sociales, así como también los juegos adictivos, les puedo asegurar que el interés por el mismo bajaría drásticamente. Tal vez navegaríamos un rato por Internet, revisaríamos el email o tomaríamos alguna foto, pero le puedo asegurar que reduciríamos el tiempo y la intensidad con la que hoy lo hacemos.
Y el motivo es que las redes sociales han sido manipuladas y corrompidas de tal manera que ya no son un espacio para compartir comentarios y vivencias con amigos, sino un espacio diseñado para retener nuestra atención el mayor tiempo posible y ganar dinero con ello. Con campañas multimillonarias de marketing capaces de transformar cualquier deseo o provocación en una herramienta perfecta para retener nuestra atención, aunque ese análisis más profundo lo dejo para otros.
Solo cuando entendamos que los principales esfuerzos deben dirigirse contra las grandes compañías que han convertido estas plataformas en productos extremadamente adictivos, estaremos atacando el problema real. En Estados Unidos, un jurado acaba de considerar responsables a Meta y YouTube por el diseño adictivo de sus plataformas y esto, afortunadamente, puede ser el principio de un cambio importante, como ya ocurrió en su día con el tabaco.
Los adolescentes no están enganchados al móvil:
Esta premisa, más que incorrecta, es incompleta. La frase correcta sería: «Los adolescentes no están enganchados al móvil, lo estamos todos».
Muchos padres tendéis constantemente a focalizar el problema de los móviles en los adolescentes, como si no fuera con vosotros. Pero la cruda realidad es que, en muchos casos, vuestra dependencia es incluso mayor que la de vuestros hijos.
¿Piensa que estoy exagerando? Analice tres escenarios. Está esperando en la consulta del dentista, en el aeropuerto o un momento en el que su pareja con la que está cenando, se va un momento al baño. ¿Cuánto tiempo tardará en coger el móvil de su bolsillo sin ninguna necesidad de hacerlo? Es probable que piense que es solo un momento, que no pasa nada. Pero la realidad es que es uno de los principales síntomas de su adicción al móvil. Abra usted también los ojos.
Y si me excluyo de ese «vosotros» es porque hace meses que me obligo a cortar con ese gesto automático. Estoy convencido de que los que no me conocen me deben tildar de psicópata, porque ver un hombre de unos 50 años en el aeropuerto o en una consulta simplemente observando a la gente resulta, hoy en día, de lo más sospechoso.
Retrasar la adquisición del móvil hasta los 16 años, no es la solución:
Creo que la edad en la que se debe o no debe entregar un móvil a un adolescente es uno de los asuntos más debatidos cuando se habla de adolescencia y tecnología.
Por supuesto que en edades muy tempranas la entrega libre de un dispositivo móvil es extremadamente perjudicial, pero ello, de por sí, no implica que a partir de los 16 ya no exista ningún tipo de riesgo.
Por lo tanto, es vital que los niños no tengan acceso libre a los dispositivos móviles, pero no debemos perder de vista que el problema de dependencia a las redes sociales sigue estando muy vivo durante todo el resto de nuestra vida.
Mi opinión:
Si ponemos al mismo nivel la pantalla de un Chromebook en la escuela que la adicción de las redes sociales, simplemente porque todo es tecnología, estamos desviando el foco del verdadero problema y considero que nos estamos equivocando. Dejemos de definirlo como el problema de «las pantallas» y empecemos a diferenciar entre herramientas de valor educativo y plataformas adictivas.
Si consideramos que nuestros hijos pasan demasiado tiempo frente a pantallas, hecho con el que coincido plenamente, y por el hecho de reducirlas en la enseñanza lo consideramos una victoria, pero el resto del tiempo libre siguen con un alto consumo de contenido digital vacío y absorbente, de la misma manera que lo hacemos nosotros mismos, considero que nos estamos equivocando y mucho.
Estar a favor o en contra del uso de la tecnología en las aulas no debería reducirse a una simple respuesta dicotómica de sí o no. La cuestión es mucho más compleja y delicada. Exige analizar en qué edades, con qué objetivos y de qué manera debe incorporarse, siempre desde un criterio pedagógico claro, en el que la tecnología aporte un valor real y no interfiera en el desarrollo de habilidades básicas. Y ese análisis, debe realizarse por profesionales de la educación, psicólogos y tecnólogos, que son quienes pueden determinar con mayor rigor qué es lo más apropiado en cada etapa. Lo que deberíamos evitar es que ese debate quede condicionado muchas veces por la presión de agrupaciones de padres que, en demasiadas ocasiones, repiten mensajes demasiado simplistas, extremistas o carentes de un fundamento sólido.