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No solo curan las medicinas

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Estamos inmersos en una sociedad en la que a veces la violencia, la insolidaridad, la insensibilidad y el desapego se imponen, en gran medida, a los sentimientos nobles. No siempre, claro está, pero sí con excesiva frecuencia e intensidad. Tropezar con situaciones en las que se dejan de lado tales descarríos y se penetra en una atmósfera cálida y acogedora supone una conmoción tan sorprendente, como para no creérselo. En tales coyunturas el agradecimiento se desborda.

Ese es el caso. Asistir, aunque sea en carne ajena, a un tratamiento médico de larga duración y gravedad te hace vivir una experiencia lacerante, como no podías imaginar que te llegaría un día. Pero también introduce al enfermo en un aprendizaje que le hace crecer y que le permite potenciar cualidades, de las que no carecía con anterioridad, pero que no asomaban con vigor, porque no tenían oportunidad de desarrollarse o porque no las dejaban despuntar como correspondía.

Pero lo que deseaba desplegar ante ustedes es el descubrimiento de una realidad que no por conocida es tenida en cuenta ni recibe toda la consideración que merece. Con una larga estancia hospitalaria, uno tiene la oportunidad de encontrarse con trances de todo tipo: en principio, espera ver aplicados unos conocimientos científicos y clínicos que son oportunos en cada caso o momento, pero no tanto otras cuestiones, como la rendida disposición con que se efectúa. Por supuesto que siempre se aplican los protocolos médicos que están indicados en cada caso, pero es la forma de implicarse lo que nos llama la atención. Que todo el personal sanitario -médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, limpiadoras: las excepciones son insignificantes- se vuelquen con esa empatía a la que nadie les obligaba, es un regalo colosal.

UN INDIVIDUO SOMETIDO A la embestida de una grave dolencia es un ser desvalido, dependiente, atemorizado, inerme. Quien siempre se ha valido por sí mismo cae en la cuenta en un instante de que está muy lejos de aquel estado de autonomía que le hacía sentirse en plenitud de fuerzas, sabedor de que podía proporcionar cuidados, no de necesitarlos. Pero eso puede dar un vuelco de la noche a la mañana y encontrarse con que su estado ha cambiado de forma radical, que se halla en manos de desconocidos, que no siempre aciertan en ofrecerle lo que precisa y que tal vez alguno no tiene voluntad de proporcionárselo. El derrumbe de sus expectativas echará por tierra su orgullo y quizá su confianza en los demás.

¿Qué me espera?, se pregunta uno. Lo que antes nos sobraba, ahora nos falta. Lo que antes podíamos regalar, ahora nos convierte en pedigüeños, siempre tendiendo la mano para que nos sirvan en necesidades íntimas, en ocasiones humillantes. Solo pedirlo ya resulta mortificante, pero hay que agachar la cabeza porque no cabe otra salida.

La generosidad de las personas sensibles y bondadosas se nota por el hecho de que no esperan que les pidas lo que requieres, ya que perciben lo que necesitas antes de que formules un deseo. Adivinan lo que precisas; se acercan con respeto y delicadeza, como si el obsequio lo recibieran ellos, y llevan a cabo su tarea de manera profesional y entregada. No hay palabras que recompensen tanta abnegación, porque esas atenciones curan más que los medicamentos al sentirnos cuidados y apreciados. Sentir que a estos cuidadores les importas, te ayuda a recuperar la salud.

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