Una de las afirmaciones más provocadoras de la filosofía moderna sostiene que las sensaciones pertenecen al ámbito del pensamiento, no exclusivamente al cuerpo. Esta idea, formulada hace casi cuatro siglos, continúa generando debate en universidades del mundo entero. La tesis desafía nuestra comprensión cotidiana de cómo experimentamos la realidad y replantea la relación entre mente y cuerpo. El filósofo francés René descarte, quien revolucionó el pensamiento occidental, estableció un principio fundamental: toda experiencia consciente es una forma de pensamiento. Según esta perspectiva, cuando percibimos dolor, escuchamos música o contemplamos un paisaje, no estamos simplemente recibiendo información sensorial, sino ejecutando actos mentales complejos que transforman estímulos físicos en experiencias conscientes.
Esta concepción representó una ruptura radical con la tradición filosófica anterior. Mientras que durante siglos se consideraba que los sentidos proporcionaban conocimiento directo del mundo exterior, la nueva propuesta situaba a la razón como instancia superior y necesaria para validar cualquier experiencia, incluidas las sensoriales. René Descartes nació en 1596 en La Haye en Touraine, Francia, en una época de profundas transformaciones científicas y religiosas. Educado en el prestigioso colegio jesuita de La Flèche, recibió una formación escolástica basada en Aristóteles y la teología medieval. Sin embargo, pronto comenzó a cuestionar este sistema de conocimiento fundamentado en la autoridad de los textos antiguos.
Durante la década de 1620, Descartes viajó extensamente por Alemania, Holanda e Italia, sirviendo brevemente como soldado y observando de primera mano los conflictos religiosos que desgarraban Europa. Estos viajes lo convencieron de la necesidad de encontrar un método filosófico que produjera certezas indudables, independientes de tradiciones culturales o creencias religiosas particulares. En 1637 publicó el Discurso del método, obra fundamental donde presentó su célebre frase Pienso, luego existo (cogito, ergo sum). Esta afirmación se convirtió en el pilar fundamental de su sistema filosófico, estableciendo que la única certeza absoluta es la existencia del pensamiento mismo. Incluso si un genio maligno nos engañara constantemente sobre la realidad exterior, no podría engañarnos sobre el hecho de que estamos pensando.
El dualismo cartesiano y su influencia
La filosofía cartesiana estableció una distinción radical entre dos tipos de sustancia: la res cogitans (sustancia pensante) y la res extensa (sustancia extendida o material). Según este dualismo, la mente pertenece a un ámbito inmaterial, mientras que el cuerpo forma parte del mundo físico regido por leyes mecánicas. Esta separación generó uno de los problemas más persistentes de la filosofía occidental: ¿cómo interactúan dos sustancias completamente diferentes? Descartes propuso que la glándula pineal servía como punto de contacto entre mente y cuerpo, una solución que incluso en su época fue considerada insatisfactoria por muchos pensadores.
En España, las ideas cartesianas fueron recibidas con cautela durante el siglo XVII debido a la vigilancia de la Inquisición, que veía con recelo cualquier innovación filosófica. Sin embargo, durante la Ilustración del siglo XVIII, pensadores españoles como Benito Jerónimo Feijoo comenzaron a incorporar elementos del racionalismo cartesiano en sus obras, contribuyendo a la modernización intelectual del país.