Un lejano 16 de enero de 1979, el Sha de Persia, envejecido y derrotado, tuvo que huir de su país y exiliarse y murió un año después en El Cairo. El líder opositor, el ayatolá Jomeini, se hizo con el control de Irán y lo sometió al fundamentalismo religioso, borrando a fuego y sangre cualquier vestigio de la anterior monarquía.
Los derechos humanos retrocedieron a una velocidad alarmante en lo que un día fue el antiguo imperio persa y la Guardia Revolucionaria, una poderosa fuerza militar religiosa paralela al ejército, adquirió un protagonismo monstruoso. Como las SS en la Wehrmacht alemana. Durante los nueve años de guerra con Irak contuvieron a Saddam Hussein y modernizaron su maquinaria bélica.
Estos fanáticos, mimados por los ayatolás, han sido la verdadera columna vertebral del régimen. El ejército regular controla las fronteras exteriores, pero el orden interno es cosa de este Cuerpo implacable, que sólo empezó a resquebrajarse en enero de 2020, cuando los estadounidenses asesinaron a su general en jefe y líder, Soleimani.
Fue el punto de inflexión que iba a cambiar las cosas. Los iraníes, durante décadas, han financiado el terrorismo internacional y han controlado y armado a Hezbolá, en el Líbano; los rebeldes hutíes, en Yemen, o los terroristas de Hamás, en Gaza.
Pero lo que realmente inquieta a los israelíes, que llevan mucho tiempo obsesionados con el régimen persa, es el avance en el programa nuclear de Teherán. Los clérigos de aquel país han sostenido siempre que Israel debía desaparecer como país y los judíos, que estas amenazas se las toman muy en serio, advirtieron este verano pasado que el tiempo se acababa.
Trump, como siempre, acudió en auxilio de sus aliados en Oriente Medio y en doce días de bombardeos masivos a las instalaciones atómicas concluyó que el peligro había pasado. Sin embargo, siempre quedaron muchas dudas de que realmente esas refinerías nucleares excavadas en las montañas, a cien metros bajo tierra, hubieran sido destruidas del todo.
En realidad, no debía de ser así, porque nueve meses después, la coalición entre judíos y norteamericanos, ha vuelto a atacar Irán. Esta vez sin la contención de la guerra de los 12 días. Y cuando iraníes y estadounidenses estaban sentados todavía en la mesa de negociaciones, para hallar una salida pacífica a la crisis.
Netanyahu, el primer ministro israelí, sabe que nunca tendrá un aliado como Trump, así que parece que sus sutiles presiones han sido claves para que se desate una nueva guerra que amenaza con incendiar todo Oriente Medio.
Llegados a este punto, los iraníes tienen un escaso margen de maniobra. El ataque aliado se centrará en decapitar para siempre la Guardia Revolucionaria y los dirigentes fundamentalistas, un poco al estilo de la reciente operación en Venezuela, donde el secuestro de Nicolás Maduro bastó para hacer caer a todo el régimen bolivariano. O reconvertirlo, que es lo mismo.
O como ocurrió en El Líbano hace unos meses, cuando a cientos de líderes de Hezbolá les explotó el teléfono móvil en la cara o entre las manos. Las guerras modernas son así. Estados Unidos nunca ha sabido mantener guerras largas en países ocupados, y las indignas retiradas en Irak o Afganistán lo confirman. Así que ahora todo se basa en eliminar a los líderes nocivos, para no tener que desplegar fuerzas terrestres y exponerse a una oleada de bajas.
El problema es que Irán no es Libia, ni Siria. Tiene un programa de misiles balísticos que puede hacer mucho daño a Israel, como ya demostró recientemente, y si consigue cerrar el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo se disparará. Así que los norteamericanos y judíos solo tienen una oportunidad: o cae rápido Jamenei y los suyos o se exponen a quedar empantanados en el desierto.
Del régimen criminal sionista que almacena un arsenal atómico obtenido ilegalmente y se niega a,ser inspeccionado por la agencia atómica. el que acaba de cometer el mayor genocidio conocido desde la segunda guerra no se habla . Prohibido.