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El perfil del trabajador ha cambiado

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El mercado laboral balear lo confirma: no es que no haya gente dispuesta a trabajar en turismo y servicios, es que cada vez hay menos gente dispuesta a organizar su vida alrededor de este modelo. En España, el empleo turístico alcanzó en octubre alrededor de 2,75 millones de afiliados, con un crecimiento interanual del 3,7%. En Balears, en el mismo período, el sector cerró con más de 112.000 trabajadores, casi un 9% más que un año antes. A primera vista, buenas noticias. Pero conviene no engañarse. Este crecimiento no responde a ningún cambio estructural, ni a reformas milagro, ni a un salto de productividad. Responde a lo de siempre: temporadas estiradas, ocupaciones algo mejores y contratos alargados porque no hay margen para otra cosa.

No hemos cambiado el modelo. Lo hemos exprimido un poco más. Detrás de esta realidad hay otra menos vistosa: la rotación laboral sigue siendo muy alta. Muchos trabajadores ya no vienen a quedarse, vienen a sobrevivir a la temporada. Las estadísticas muestran que la duración media de muchos contratos sigue siendo baja y el mercado se caracteriza por una temporalidad estructural. Es decir, muchos contratos, aunque indefinidos – Balears lidera la contratación indefinida – se concentran en actividades que luego reducen su jornada, interrumpen su actividad o no garantizan la continuidad real en invierno. Contratos que no permiten planificar una vida.

No es una disfunción: es el sistema funcionando exactamente para lo que fue diseñado.
Todo esto está íntimamente ligado al contexto socioeconómico de las islas. La vivienda se ha convertido en el principal filtro del mercado laboral. No expulsa solo a quien no trabaja; expulsa también a quien trabaja. El mensaje implícito es claro: puedes venir a servir mesas, limpiar habitaciones o atender clientes… pero no a quedarte. La conclusión es incómoda, pero inevitable. El perfil del trabajador en Balears está cambiando porque el modelo ya no le permite quedarse. Y mientras no asumamos esto, seguiremos repitiendo que falta gente, cuando lo que falta —desde hace tiempo— es un modelo que merezca la pena habitar.

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