Cuando se habla de Israel como potencia tecnológica, el imaginario colectivo suele detenerse en la ciberseguridad, en las aplicaciones militares y armamento sofisticado. Sin embargo, hay un ámbito menos visible y quizá más revelador de su modelo productivo: la tecnología médica y la biotecnología. En un país de apenas diez millones de habitantes y con escasos recursos naturales, la salud se ha convertido en uno de los vectores más sólidos de proyección internacional.
El ecosistema israelí de life sciences se apoya en una combinación poco frecuente de factores: un sistema universitario muy orientado a la investigación aplicada, una estrecha relación entre hospitales y centros de I+D, y una cultura emprendedora acostumbrada a trasladar rápidamente la ciencia al mercado y a la sociedad. No es casual que Israel figure de forma recurrente entre los primeros puestos de los rankings globales de innovación y de creación de startups, ni que Tel Aviv sea considerada uno de los principales polos mundiales de tecnología sanitaria.
Desde el punto de vista macroeconómico, el dato es contundente. El sector de alta tecnología —que incluye software, inteligencia artificial, biotecnología, dispositivos médicos y salud digital— aporta en torno al 17-20 % del PIB israelí y una parte aún mayor de sus exportaciones. Dentro de ese conjunto, las ciencias de la vida destacan por su peso creciente en inversión con orientación internacional: gran parte de las empresas del sector nacen con vocación global, pensando desde el inicio en los mercados americanos, europeos, asiático, africanos y oceánicos.
Los ejemplos abundan. Israel ha desarrollado tecnologías punteras en diagnóstico por imagen asistido por inteligencia artificial, dispositivos implantables, monitorización remota de pacientes, terapias celulares, instrumental quirúrgico avanzado y soluciones de telemedicina que hoy se utilizan en hospitales de todo el mundo. Muchas de estas compañías no se limitan a vender productos, sino que licencian patentes o son adquiridas por grandes multinacionales farmacéuticas y de tecnología médica, integrándose en la innovación israelí.
Por supuesto, muchas universidades y centros de investigación en esta materia se enorgullecen de mantener convenios de colaboración con las punteras instituciones del pequeño país. Aunque. tristemente, no es el caso de nuestra querida UIB. Una situación que debería revertirse, puesto que algunos de los grandes problemas sociosanitarios de las islas —como el envejecimiento de la población o la presión sobre el sistema sanitario—, podrían abordarse mejor caminando de la mano de los líderes en conocimiento. En un mundo cada vez más consciente del valor estratégico de la salud, Israel ha encontrado una especialización coherente con sus fortalezas: convertir conocimiento en bienestar exportable. Más allá de prejuicios y visiones parciales, hay una realidad difícil de discutir: Israel no solo exporta tecnología, exporta salud lo cual, sin duda, equivale a exportar vida.