Illes Balears inicia 2026 con unos indicadores de donación de órganos que, a mi juicio, invitan a una reflexión serena pero exigente. Los datos disponibles no permiten ser conformistas. Si partimos de una convicción ampliamente compartida —que donar salva vidas—, resulta legítimo preguntarse si estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para mejorar esta realidad. Estoy convencido de que existe margen de mejora y de que podemos hacer más. No se trata de realizar una crítica, sino de asumir una reflexión honesta sobre una de las potencialidades de que goza el sistema sanitario balear y, también, de nuestra propia sociedad. Precisamente por ello, el análisis debe abordarse con rigor, perspectiva y de mejora continua.
Los datos más recientes apuntan a 35 donantes en Illes Balears entre enero y octubre de 2025. El contraste con ejercicios anteriores resulta significativo. En 2020, en plena pandemia y con hospitales en una situación anómala y nada incentivadora, se alcanzaron 45 donaciones. En 2024, según los datos oficiales disponibles, la comunidad registró 48 donantes. La evolución posterior, ya en un escenario asistencial mucho más estable, plantea interrogantes razonables. ¿Estamos ante una oscilación coyuntural o ante señales que aconsejan revisar procesos y prioridades?
La comparación con otras comunidades autónomas aporta contexto, pero debe hacerse con prudencia. En 2024, Navarra lideró la donación en España con 53,7 donantes por millón de habitantes, por encima de la media nacional, situada en 52,6. El País Vasco alcanzó 47,1 donantes por millón. Illes Balears se situó en torno a 47 donantes por millón, en un nivel similar al vasco, pero por debajo del promedio estatal. Más que atribuir estas diferencias a una mayor o menor predisposición social, considero necesario analizar hasta qué punto la donación se ha integrado como un elemento estructural de la planificación sanitaria, de la organización de los servicios y de la cultura de las instituciones. La donación no es un acto espontáneo: es el resultado de un proceso clínico complejo que exige profesionales formados, coordinación, protocolos y una comunicación extremadamente cuidadosa con las familias.
Mejorar las cifras en Illes Balears exige un enfoque transversal que implique a todo el sistema sanitario. No puede ser un objetivo limitado a profesionales especialmente sensibilizados ni a determinadas unidades del sector público. En este contexto, la participación del sector sanitario privado resulta imprescindible como parte estructural del ecosistema asistencial y para avanzar hacia una estrategia de donación verdaderamente integrada y eficaz. La sociedad también tiene un papel fundamental. Hablar de donación, expresar la voluntad en vida y compartirla en el entorno familiar sigue siendo una herramienta decisiva. Seguro que existen otras que pueden ser efectivas. Pero si hay un actor con capacidad real para impulsar un cambio estructural es la Administración sanitaria. Convertir la donación en una prioridad estratégica, sostenida en el tiempo y evaluable, debería ser un objetivo compartido y un buen propósito colectivo para 2026.