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Jugar en otra liga

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Dicen que hay empresas que compiten, empresas que sobreviven y empresas que juegan en otra liga. Yo diría que también hay CEOs que lo intentan, CEOs que lo aparentan y CEOs que, sin quererlo, acaban descubriendo que la verdadera liga no es la que imaginaban al firmar el contrato, sino la que se juega cuando se apagan las pantallas y empieza la vida real.

En el mundo de la innovación todos hablamos de disrupción, ecosistemas, estrategia y transformación sostenible, con una pasión solo comparable a la de los comentaristas que aseguran que esta vez sí, este año el Mallorca entra en Europa. Pero la verdad es que dirigir una empresa puntera no se parece tanto a ganar títulos como a evitar bajar de categoría cada lunes por la mañana. A pesar de todo, solo unos pocos presidentes de club se atreven a jugarse sus cuartos invirtiendo a golpe de talonario o en la cantera, y a arriesgar su futuro en una estrategia a largo plazo. En esta liga los goles se meten con personas que aportan valor añadido y trabajo sólido desde la base. Los defensas son los procesos internos que no dejan pasar ni una, y los árbitros son los KPIs, más estrictos que el VAR judicial cuando decides innovar sin pedir permiso. Aquí todo el mundo parece experto. Todos opinan, todos aconsejan, todos predicen. Pero pocos bajan al césped.

He visto ejecutivos que presumen de visión estratégica pero que, puestos en el campo, no distinguen un problema real de un fuera de juego dudoso. Juegan en la liga de la teoría, donde no hay barro, no hay viento y donde las decisiones nunca rebotan en el poste. Esa liga es cómoda, pero no gana campeonatos. La liga real empieza cuando toca decidir sin manual, cuando la innovación no cabe en una hoja de Excel, cuando un equipo comete errores y hay que protegerlo, no señalarlo. Esa liga exige humildad, propósito y piel gruesa. Ahí descubres que liderar no es correr más rápido, sino hacer que otros quieran correr contigo. Y, sobre todo, descubres que en innovación no se compite contra una empresa. Se compite contra la inercia, contra el miedo, contra la comodidad de seguir haciendo lo mismo porque siempre ha funcionado. Cambiar el juego es difícil. Cambiar la liga entera es casi revolucionario. Ni siquiera un ser superior como tito Floren lo ha logrado aún.

En toda empresa hay jugadores estrella y luego está el talento silencioso, esa gente que no pide el balón, pero sin la cual el equipo no existe. Son los que sostienen los proyectos, los que arreglan el desastre del viernes a las 19.00, los que no buscan méritos sino impacto. Es curioso. Los verdaderos cracks rara vez llevan brazalete. Son los que entienden que la victoria es colectiva y que el liderazgo no se grita, se contagia. Jugar en otra liga no va de poder, sino de propósito. Con los años he aprendido que jugar en otra liga no significa sentirse superior, sino sentirse responsable. Que innovar no es hacer cosas nuevas, sino hacer un mundo un poco menos absurdo. Que el éxito no es acumular trofeos, sino construir equipos que funcionarían incluso cuando tú no estés en el banquillo.

Porque jugar en otra liga no es competir a otro nivel. Es competir por otras razones.
No buscas ganar para celebrar. Buscas ganar para transformar. No buscas ser mejor que los demás. Buscas ser mejor que ayer. No buscas reconocimiento. Buscas sentido. Y al final, todos jugamos donde nos ponemos las botas. Cada CEO, cada profesional, cada innovador tiene dos ligas, la que cree que juega y la que juega de verdad. Y solo cuando aceptas la segunda empiezas a ganar partidos que importan. Así que la próxima vez que alguien te diga que hay que jugar en otra liga, respira hondo y sonríe. Quizá lo que te está diciendo no es que apuntes más alto, sino que mires más dentro. Porque lo que de verdad marca la diferencia no es subir de división, sino elevar la forma en la que juegas.

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