Hace unos días, hablando con un empresario local, me decía algo que me hizo pensar. «Nunca habíamos estado tan profesionalizados… y nunca habíamos tenido tanto miedo a que algo se tuerza». La frase resume bastante bien el momento que vivimos. En apenas una década, Menorca ha sofisticado buena parte de su tejido económico. Los hoteles ya no son solo hoteles, son conceptos. Los restaurantes ya no compiten solo por dar bien de comer, compiten por relato, experiencia y posicionamiento. Incluso muchos de los pequeños productores han aprendido a hablar el lenguaje del packaging y del storytelling. Todo es más profesional. Todo es más ambicioso. Todo es más estructurado. Y todo es más caro.
La profesionalización tiene un reverso que pocas veces contemplamos. Cuando un negocio da el salto de escala con más personal, más instalaciones, más tecnología, más inversión en marketing, también aumenta su rigidez. Los costes fijos crecen. Las obligaciones financieras aprietan y las expectativas del mercado se elevan cuya capacidad para absorber un bache se reduce. En paralelo, se necesitan perfiles más cualificados, más versátiles, más formados pero, al mismo tiempo, escasean oficios básicos que sostienen la estructura productiva. Podemos diseñar hoteles conceptuales y experiencias únicas, pero seguimos suplicando a un electricista o a un fontanero cuando algo falla. Menorca se moderniza en la superficie, mientras su base se estrecha.
Antes, un restaurante podía sobrevivir con una carta honesta, una cocina sólida y una gestión familiar austera. Hoy compite en un entorno donde se espera excelencia constante, imagen cuidada, presencia digital, inversión en equipo humano cualificado y capacidad de atraer talento en un mercado laboral tensionado. Si todo depende de que la ocupación no baje, de que el consumo no se frene o de que los costes no vuelvan a dispararse, la sensación de fragilidad es cada vez mayor. No porque el modelo no funcione, sino porque exige una tensión constante para mantenerse en pie. En estos momentos, construir negocios que resistan cuando el viento cambia es más importante que nunca para crecer en solidez. Hemos aprendido a hacerlo todo mejor, pero no necesariamente, más estable, seguro y duradero.