En España llevamos décadas repitiendo que la innovación es el futuro. Pero luego llega el partido real y, demasiadas veces, la sensación es otra. Queremos jugar la Champions tecnológica, mientras las Administraciones saltan al césped con una táctica de Regional. Sin delanteros, sin estrategia y con botas de madera heredadas del siglo pasado. Europa, y España dentro, tiene universidades brillantes, centros de investigación potentes y gente con un talento que no necesita presentación. La pregunta es qué pasa entre la cantera y el primer equipo.
Ese puente llamado transferencia tecnológica que se menciona tanto y se practica tan poco, como esos entrenadores que prometen apostar por jóvenes y acaban fichando ‘experiencia’ para salir del paso. La idea es simple. Producimos conocimiento, pero cuesta convertirlo en industria, producto, empleo y soberanía tecnológica. Mientras tanto, fuera se juega otro ritmo. Hay ecosistemas que parecen diseñados para mover capital, acelerar decisiones y llevar una tecnología desde el laboratorio al mercado con menos fricción. Y hay otros donde la estrategia industrial es explícita y sostenida en el tiempo. Se podrá discutir el modelo, pero lo que es difícil discutir es que compiten con ambición.
Aquí el problema no es de capacidad. Tiene mucho que ver con las reglas del juego. Con un marco que, con frecuencia, está más orientado a evitar el escándalo que a permitir el salto. La contratación pública, tal y como se aplica habitualmente, tiende a premiar lo previsible. Y lo previsible suele ser lo grande, lo conocido y lo que ya está instalado. El resultado es que innovar puede convertirse en una carrera de obstáculos. Y en ese laberinto regulatorio aparece una paradoja muy nuestra: la de las ayudas de minimis.
Diseñadas para facilitar el apoyo público a pequeñas empresas sin distorsionar la competencia, se han convertido en muchas ocasiones en el techo invisible de la ambición. Se concede una ayuda limitada para que una pyme desarrolle una solución innovadora, se le anima a crecer, a validar tecnología, a profesionalizarse… pero siempre dentro de un perímetro tan estrecho que impide dar el salto real. Es un impulso que no permite despegar del todo. Otro ejemplo surrealista. Destacando la importancia de entidades como CDTI o ENISA que se dedican a financiar proyectos tecnológicos disruptivos, a veces realmente avanzados. Pero luego las Administraciones no pueden licitarlos porque no existe concurrencia competitiva. Dicho de otra manera, suena así. «Sí, te financiamos para que lo desarrolles…». «Pero no te lo podemos comprar porque eres el único que lo tiene».
Un guion digno de Berlanga. No le pidas a según quién que se le pase por la cabeza licitar compra-pública - innovadora o se da de baja directamente. Es ahí donde el sistema se vuelve berlanguiano de verdad. Se financia el entrenamiento, pero se complica el partido. Se celebra la innovación en jornadas y discursos, pero se vuelve sospechosa cuando pide sitio en la licitación. Y mientras tanto, las exigencias técnicas pueden rozar lo ideal. Códigos abiertos, integraciones perfectas, arquitecturas impecables. Todo correcto sobre el papel. El problema llega cuando el sistema no distingue entre pedir calidad y pedir lo imposible, o cuando se usa la perfección como excusa para no mover nada.
Hay que pensar si el guion es de Berlanga por lo surrealista o de Maquiavelo por pasarle la estrategia del partido de manera pública al contrario, mientras impides a tu equipo utilizarla. Europa ha pasado de jugar muchas finales a mirarlas con demasiada frecuencia desde la grada. No porque falte talento, sino porque cuesta convertirlo en músculo industrial. Y eso, en el mundo que viene, no es un debate intelectual. Es competitividad. Es empleo. Es autonomía. Es capacidad de decidir.
La solución no parece compleja, aunque sí incómoda. Permitir que la Administración pruebe, pilote, comparta riesgo y compre innovación cuando tenga sentido. Crear itinerarios claros para la compra pública innovadora y, sobre todo, normalizar que innovar implica aprender. También desde lo público. Con controles, con transparencia y con auditoría, sí. Pero con valentía. Europa no necesita solo diagnósticos. Necesita atreverse. España no necesita cambiar de estadio. Necesita ajustar el reglamento y la mentalidad con la que lo aplica. Porque la innovación no se predica. Se compra, se usa y se multiplica. Y si queremos volver a competir de verdad, lo primero es dejar de autoanularnos los goles. Abrazo de gol.