Si hay una palabra que recurrentemente aparece en las conversaciones, debates, discursos… es la palabra «incertidumbre». ¿A partir de cuando esta palabra ha empezado a ser tan utilizada? Podríamos poner una fecha que creo que todos estaríamos de acuerdo, que sería a partir de la crisis financiera del 2008. Vale la pena recordar que antes las economías occidentales, pero sobre todo España, vivió más de una década de crecimiento económico y estabilidad. Pero toda esta tendencia se rompe en ese momento.
La llamada «Gran Recesión» duro hasta el 2013–2014. Iniciada por la crisis de las hipotecas subprime y la falta de liquidez en 2008, afectó severamente a España hasta 2014. Posteriormente, llega la crisis económica provocada por la pandemia derivada del COVID. Si nos vamos a cualquier diccionario, encontraremos la definición de este vocablo. La incertidumbre es el estado de desconocimiento, duda o falta de seguridad sobre un evento futuro, una situación presente o el valor exacto de una medición. Implica una carencia de información precisa que genera riesgo, inquietud o desasosiego, siendo un factor clave en la toma de decisiones al no conocerse las consecuencias.
Esto es exactamente lo que esta pasando en la sociedad de manera global, cada país con sus matices, cada economía con sus características, pero es la mejor definición del sentir general. Hoy en el año 2026, la incertidumbre económica, política y social se encuentra en niveles máximos. La percepción dominante es que el mundo va mal, que todo se acelera y que los riesgos se acumulan. Este clima de inquietud no es imaginario: tiene fundamentos reales. El contexto actual es especialmente complejo. La rivalidad entre los Estados Unidos, la China y Rusia condiciona la geopolítica y el comercio; y Europa tiene un problema serio de gobernanza y liderazgos.
Al mismo tiempo, muchas economías desarrolladas afrontan problemas internos persistentes. La crisis de la vivienda erosiona la calidad de vida y las expectativas de las generaciones más jóvenes. La telaraña burocrática y la fragmentación política dificultan las reformas estructurales y alimentan la desconfianza en las instituciones, un terreno fértil para el ascenso de los extremismos como respuesta a la sensación de inseguridad económica y social. La inmigración ocupa también un lugar central en este debate. Una llegada elevada y sin políticas eficaces de acogida, formación, vivienda e integración, aumenta la presión sobre el estado del bienestar y debilita la cohesión social.
La disrupción tecnológica añade una capa adicional de incertidumbre. La cuarta Revolución Industrial, con la inteligencia artificial en el centro, eleva significativamente la productividad, pero también puede dejar atrás colectivos enteros si no se invierte bien en formación y no se adaptan los sistemas productivos. En paralelo, muchos mercados financieros —bolsa, empresas tecnológicas, criptomonedas— muestran riesgos de burbuja. A todo esto, se suma el aumento de los desastres naturales asociados al cambio climático y el riesgo de irrupción de nuevas pandemias.
No es extraño, en este contexto, que crezcan los problemas de salud mental y la percepción de inseguridad, especialmente entre los jóvenes. Todo ello explica la inquietud actual. No todos estos riesgos tienen el mismo impacto en todas partes ni afectan de la misma manera a todas las personas, pero su simultaneidad alimenta una percepción generalizada de inseguridad. Pero para saber si realmente vivimos peor que antes hay que poner estos riesgos en perspectiva histórica. La pregunta es, ¿de verdad hay más incertidumbre que en el pasado? En el próximo artículo, entraremos en detalle sobre este asunto.