El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no deja de dar titulares y entre sus acciones recientes más llamativas están la intervención en Venezuela para secuestrar a su dirigente, Nicolás Maduro, y el anuncio de su intención de incorporar Groenlandia, de soberanía danesa.
Baleares no ha sido ajena a las ansias expansionistas de Estados Unidos. Hubo una supuesta amenaza de invadir las Islas en 1898. Supuesta o no, fue percibida de una manera muy real y se tomaron medidas de importancia para evitarla.
La situación debe entenderse en el contexto de la guerra entre España y Estados Unidos en 1898, que supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, los últimos vestigios del imperio hispánico, y de la profunda crisis política, militar y psicológica que provocó esa derrota. William McKinley era el presidente de Estados Unidos y Práxedes Mateo Sagasta, el jefe del Gobierno español. Aunque nunca llegó a concretarse ningún intento real de invasión de Baleares, el temor fue intenso y estuvo alimentado por una mezcla de hechos objetivos, especulaciones y un clima de alarma amplificado por la prensa.
Durante la guerra en sí, las derrotas navales españolas en Cavite (Filipinas) y en Santiago de Cuba dejaron patente la superioridad estadounidense y generaron el miedo a que esa capacidad se tradujera en ataques contra territorios más próximos o en la propia metrópoli. En ese escenario, Baleares fue considerada un posible objetivo por su evidente valor estratégico. A ello se sumaba la debilidad militar española y el mal estado de sus defensas costeras, factores que hacían verosímil, al menos en teoría, una incursión enemiga.
Sin embargo, no existe evidencia sólida de que Estados Unidos aprobara o planificara oficialmente una invasión de Baleares. Lo que sí hubo fueron estudios estratégicos y debates internos sobre posibles escenarios de actuación, algo habitual en contextos bélicos.
Pese a no existir una evidencia sólida, en España y especialmente en las Islas el miedo fue real. Se reforzaron baterías costeras en lugares como Palma y Maó, se movilizaron tropas, se organizaron milicias locales y la población civil vivió durante meses con la sensación de que un desembarco podía producirse en cualquier momento. También se decidió la construcción de la línea férrea Palma-Santanyí, que no tenía un gran interés económico, pero sí estratégico, pues se creía que el supuesto desembarco tendría lugar en alguna de las playas del Migjorn, sobre todo es Trenc, en lo que habría sido un pequeño precedente del desembarco en Normandía de 1944. De hecho, las obras de la línea de Santanyí estuvieron siempre bajo control militar.
En cualquier caso, ese temor estuvo muy influido por el tratamiento que dio la prensa al asunto. Los periódicos de la época adoptaron un tono marcadamente alarmista, presentando la posibilidad de un ataque como algo inminente, apoyándose a menudo en rumores, avistamientos no confirmados de escuadras estadounidenses o simples movimientos de barcos mercantes interpretados como señales de peligro. En la prensa de Baleares, se informaba del refuerzo de defensas, de la llegada de tropas y de la organización de milicias urbanas, al tiempo que se publicaban editoriales que pedían calma a la población y exigían al Gobierno central una protección efectiva. Esa combinación generaba una paradoja evidente: se reclamaba serenidad mientras se describía una situación claramente inquietante.
El miedo también fue utilizado con fines políticos. La prensa más afín al régimen lo empleó para justificar medidas excepcionales y apelar al sacrificio y al honor nacional, mientras que los medios más críticos aprovecharon la amenaza para denunciar el abandono histórico de Baleares, el mal estado del Ejército y la Marina y la falta de previsión del Gobierno ante un posible conflicto en tierra propia.
La existencia de censura militar y la escasez de información oficial clara contribuyeron a alimentar aún más la inquietud. El vacío informativo fue ocupado por rumores, exageraciones y silencios que reforzaron la sensación de peligro inminente. Resulta evidente que la prensa sobredimensionó la amenaza y que Estados Unidos no tenía ni necesidad estratégica ni voluntad política clara de atacar Baleares. Sin embargo, el miedo fue creíble para la población porque se producía en un contexto de derrotas rápidas y humillantes que minaban la confianza en la capacidad defensiva del país.
PamboliCierto, y hasta teníamos el primer submarino que hubiese podido decantar la guerra, pero los políticos ( como siempre y todos) prefirieron mirar por sus bolsillos