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LA HISTORIA

«Vivid con bondad y sin estrés»: La lección de vida de una mallorquina de 102 años

Francisca Mestre repasa más de un siglo de vivencias marcado por la fe, el esfuerzo y la familia, y defiende que tener objetivos es clave para una vida longeva

Francisca Mestre Costa nació en Ariany el 24 de marzo de 1923 y atiende a Ultima Hora a pocos días de cumplir 103 años | Foto: P. Bota

| Palma |

–«¿Cuántos años tienes?»

–«Más de 100...ahora haré ciento tres, y estoy bien contenta».

La escena, sencilla y directa, define con precisión a Francisca Mestre Costa. Nacida en Ariany el 24 de marzo de 1923, a punto de cumplir 103 años, habla con la serenidad de quien ha atravesado más de un siglo de historia sin perder el equilibrio ni la sonrisa. A su lado, durante la conversación con Ultima Hora, su hijo, el sacerdote Pere Ribot, que escucha, matiza y acompaña un relato que es también el de toda una generación de mallorquines.

Su infancia poco tiene que ver con la Mallorca actual. «Antes todo era campo y trabajo; ahora todo es turismo», resume en una frase que condensa décadas de transformación. Recuerda una escuela humilde en la que aprender a leer y escribir era suficiente, y donde cualquier novedad rompía la rutina: «Si pasaba un avión, nos dejaban salir para verlo». También recuerda la sorpresa colectiva ante los primeros coches, cuando medio pueblo salía a observarlos: «Cortaron la carretera porque venía un coche de fuego —gasolina—. Era otra vida, carecían de mucho, pero lo llenaban de otra forma: «Antes los vecinos se ayudaban, se despedían...todo era más familiar», cuenta con nostalgia.

La tercera de diez hermanos, creció asumiendo responsabilidades desde muy pequeña. «De niñas cuidábamos a los hermanos», explica. Aquella infancia estuvo marcada por el esfuerzo, pero también por momentos duros que recuerda sin dramatismo. «Mi padre nos obligaba a comer el pan blanco en casa porque había mucha hambruna y la gente del pueblo carecía de alimentos», admite, como quien describe una realidad compartida por toda una generación. Uno de los episodios que mejor retrata aquella época ocurrió cuando apenas tenía diez años: «Maté mi primera gallina para alimentar a mi madre que acababa de dar a luz, porque había la creencia de que era necesario para su recuperación, así que hicimos caldo». La Guerra Civil también dejó huella en su vida, aunque en este caso fue su marido quien fue enviado al frente, a Zaragoza, mientras ella sostenía la vida cotidiana desde casa.

Mi padre nos obligaba a comer el pan blanco en casa porque había mucha hambruna.

Una joven Francisca —la cuarta de arriba a la izquierda— junto a su familia. Foto: P. Bota.

A lo largo de los años, su vida ha estado guiada por un papel que ella reivindica con orgullo y sin complejos: hija, esposa, madre y ama de casa. En ese recorrido encuentra una de las claves de su longevidad: haber tenido siempre un objetivo claro, una función, una misión. «En la vida hay que tener algo que hacer y sentirse realizado, hay que darle un sentido», explica. No habla de grandes ambiciones, sino de metas sencillas pero firmes: cuidar de los suyos, sacar adelante a la familia, cumplir con sus responsabilidades. Una forma de vida que, lejos de parecerle limitada, define como plena y suficiente.

Esa idea conecta con una de las reflexiones más profundas de la conversación: el estrés. En un momento del diálogo, se apuntan tres claves que, según su experiencia, ayudan a evitarlo y, con ello, a vivir más y mejor: vivir en armonía con uno mismo, rodearse de un entorno saludable y mantener relaciones sanas. «El estrés viene cuando uno no es quien es», señala. A ello añade otro pilar fundamental: la fe. «Rezo mucho. El rosario no me puede faltar cada mañana», explica. Su día comienza encomendándose a la Virgen y termina con un «que Dios nos guarde», una rutina que le ha dado estabilidad y sentido durante décadas.

Francisca vive con su hijo Pere en La Porciúncula. Foto: P. Bota.

«Antes nos cuidábamos más unos a otros»

Su mirada sobre el presente es clara y, en ocasiones, crítica. «Ahora la vida está un poco abandonada», afirma. Considera que se han perdido valores esenciales como el cuidado de las personas y las relaciones cercanas. En esa línea, recuerda con tristeza la experiencia de visitar a su cuñada en una residencia de Sant Joan, un momento que le marcó profundamente. Para ella, ese no debería ser el destino de los mayores: entiende que la vejez debe vivirse acompañada, dentro de un entorno familiar y humano, y no en soledad. «Hay gente que no visita a sus familiares, dejan abandonados como a perros a quien un día se lo dio todo».

Hay gente que deja abandonados como a perros a quien un día se lo dio todo

Pese a todo, su vida no ha estado exenta de golpes difíciles. Entre ellos, la muerte de su nieta Cati, un recuerdo doloroso que lleva con ella desde entonces. También la pérdida de una hija al nacer —aunque es madre de tres hijos—, o los años en Canarias junto a su marido e hijos, donde las condiciones eran complicadas: «En el primer sitio donde estuvimos no había agua». Sin embargo, esos episodios no eclipsan los momentos de felicidad que también reivindica. El nacimiento de sus hijos o sus bodas de oro, celebradas con orgullo tras toda una vida en pareja. «Un solo hombre», responde a la pregunta sobre las relaciones de hoy en día.

Ser feliz y aceptar el paso del tiempo

Cuando se le pregunta por la muerte, su respuesta vuelve a ser sencilla y sin miedo: «No pienso en ella, ya me llegará». Y añade una reflexión que resume su aceptación del ciclo vital y que lleva formando parte de su familia durante generaciones: «Si mueren papas y reyes, todos tenemos que pasar por lo mismo». No hay angustia en sus palabras, sino una comprensión serena del final como parte natural de la vida. A sus casi 103 años, su planteamiento es claro: vivir el presente con calma y asumir los límites con naturalidad.

Francisca sujeta con una sonrisa la foto del día de su boda. Foto: J. Patón.

Pero si hay un mensaje que quiere dejar claro, especialmente para los jóvenes, es el del comportamiento y la actitud. «Que sean buenos, honrados y que trabajen», repite. Un consejo que no es solo moral, sino profundamente vital. A ello suma una última idea que resume su filosofía, la de «ser feliz siempre...y aceptar que ya no eres el mismo que antes».

A sus casi 103 años, Francisca Mestre no ofrece fórmulas milagrosas para llegar a su edad, pero sí un testimonio coherente que ha construido sobre la fe, el esfuerzo, el amor y la felicidad de la que no ha dejado de reír durante toda la entrevista. Como dice al principio de la conversación, «hay que dar un sentido a la vida».

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